
Voy cruzando el Parque Selva Alegre con el celular guardado en el bolsillo y los ojos abiertos, sin clavarlos en nadie en particular, cuando me doy cuenta de que llevo los hombros bajados, no pegados a las orejas como antes. Este es el tramo que uso casi todas las tardes para volver a casa después de la oficina aquí en Arequipa. Para mí, eso es la conciencia situacional de la que tanto habla mi instructor: no ir en piloto automático, no caminar mirando el suelo, sino estar presente y notar quién pasa y quién se queda parado donde no debería. Antes ni sabía que esa expresión existía, ni que tuviera tanto que ver con la seguridad personal y el bienestar mental de una, no solo con defenderse de algo. Ahora es casi un hábito nuevo, aunque uno que me costó armar desde cero, como la principiante total que soy en esto de la autodefensa.
No busco cinturones ni medallas — nunca antes había hecho artes marciales ni nada parecido —, solo me cansé de sentir que caminaba por mi propia ciudad como un blanco fácil, sin ninguna sensación real de seguridad. En mi clase hay una compañera que se cae con más gracia todavía que yo tratando de sostener el equilibrio en los ejercicios, y verla reírse de sus propios tropiezos me quitó buena parte de la vergüenza de ser mala para esto. Tengo también una vecina que va religiosamente a zumba en el parque los martes, sin faltar nunca, y cada vez que la veo pasar pienso que ojalá yo tuviera esa misma constancia con mis clases de sábado.
Estar alerta no es lo mismo que vivir con miedo
Antes de anotarme en las clases probé de todo un poco. Tomé un curso de yoga para manejar el estrés y, mientras estaba sobre la esterilla, funcionaba de maravilla — pero apenas volvía a salir a la calle, los hombros se me subían solos, como si el cuerpo no se hubiera enterado de tanta respiración profunda. Fue mi instructor quien me hizo ver la diferencia entre la paranoia y la alerta real, algo que a mí se me había mezclado toda la vida. La paranoia gasta una energía enorme: te hace imaginar sombras donde no las hay y te acelera el pulso sin ningún motivo concreto. La alerta tranquila, en cambio, ahorra esa energía — es más parecido a tener un radar encendido en modo bajo consumo que a vivir con el corazón en la garganta.
Todo esto tiene que ver con calmar el sistema nervioso, un tema que da para un texto aparte y que aquí solo puedo rozar. Lo que sí les cuento es que sigo llevando las llaves entre los dedos algunas noches, más por costumbre vieja que por otra cosa.

Conciencia situacional en el Parque Selva Alegre
En una de esas clases, mi instructor nombró algo que en el mundo de la seguridad llaman los 4 niveles de conciencia situacional — blanco, amarillo, naranja y rojo —, un tema que exploro con calma en otro texto porque aquí me interesa más contarles cómo se siente que explicarles la teoría.
Para la semana diez de clases, algo ya se sentía distinto en esas caminatas por el Parque Selva Alegre. Me crucé con un grupo de hombres parados cerca del sendero y, en vez de bajar la vista o cambiar de acera de golpe, seguí caminando con la mirada al frente, sin desviar los ojos hacia otro lado como hacía antes por puro nervio. No fue un momento dramático ni de película. Fue solo eso: seguir caminando derecho, notando, sin salir corriendo por dentro.
Dejar de clavar la mirada para ver más
Antes pensaba que estar alerta era mirar fijo a cualquiera que se cruzara conmigo, casi como si fuera a interrogarlo con los ojos. Resulta que fijar la mirada así delata más nervios de los que calma, y además hace que uno deje de notar lo que pasa a los costados. En clase practicamos algo que llaman 'mirar sin mirar', que es más una sensación que una técnica: suavizar la vista, dejar que la calle entre por los lados sin necesidad de girar la cabeza cada dos pasos.

Hay días en que igual me quedo un segundo congelada si algo me sorprende, y ahí entra otro tema que también dejo para otro momento: ese bloqueo del cuerpo cuando el susto llega de golpe, algo que a mí todavía me agarra desprevenida más seguido de lo que quisiera admitir.
Mi voz todavía se atora, pero menos que antes
Todavía hay algo que me cuesta un mundo: la voz. Cuando el instructor se para frente a mí y me pide que grite 'no' para que me escuche todo el salón, se me seca la garganta y me quedo roja como tomate mientras mis compañeros gritan sin problema. Es curioso cómo nos enseñaron a ser calladitas y no hacer escándalo, hasta cuando algo se siente mal de verdad.

También aprendí que la forma en que uno camina, más erguida, con el paso firme, dice tanto como cualquier grito — ese tema de la postura da para otro texto entero, así que lo dejo ahí por ahora. Lo que sí puedo decir, como la principiante que sigo siendo en todo esto, es que no hace falta dominar la técnica perfecta para que algo empiece a cambiar por dentro.
No soy ninguna experta en seguridad ni tengo formación policial, y lo repito seguido para que no se me suba a la cabeza. A veces me ayuda complementar mis clases presenciales con el curso online de secretos callejeros, porque me da ideas nuevas de qué observar cuando no estoy en el salón de clases.
Otras veces releo unos consejos prácticos para controlar los nervios al caminar sola que guardé hace tiempo, y con eso me basta para respirar hondo y seguir caminando. El miedo no se fue del todo — creo que nunca se va del todo — pero ya no es el que decide por dónde cruzo la calle.
Hoy el camino a casa después de la oficina ya no se siente como una huida. Sigo apretando las llaves de vez en cuando, sigo siendo lenta para aprender los movimientos de clase y probablemente nunca gane nada que se parezca a una medalla, pero camino por el Parque Selva Alegre distinto: presente, no perseguida. Si algo me llevo de estos meses es que estar alerta no es lo opuesto a estar tranquila — es, de hecho, lo que hace posible estarlo.