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Cómo evitar distracciones con el celular al caminar sola de noche

Cómo evitar distracciones con el celular al caminar sola de noche

Empieza con ese resplandor azul. Ya sabes de qué hablo, ¿no? Ese brillo que te ilumina la cara como si fueras el protagonista de una película de terror barata, mientras caminas por una calle de Arequipa que, de repente, parece mucho más larga de lo que recordabas. Ahí estaba yo, hace unos meses, bajando por la calle Santa Catalina después de una reunión de oficina que se alargó más de la cuenta, con los ojos clavados en una conversación de WhatsApp que no tenía ninguna importancia. No veía las veredas, no veía quién venía detrás, solo veía esos globitos de texto. Me sentía en una burbuja, pero una burbuja de cristal muy, muy delgado que cualquier cosa podría romper.

El campo visual que perdemos por un mensaje

Fue en mi tercera clase de los sábados cuando el instructor, que tiene una paciencia de santo (en serio, no sé cómo no se desespera cuando mi compañera, la que siempre viene con leggins de flores, se tropieza con su propia sombra), nos hizo un ejercicio que me dejó helada. Nos pidió que nos pusiéramos de pie y extendiéramos los brazos a los lados. Ahí nos explicó que el campo de visión periférica humana es de aproximadamente 180 grados. Es decir, si estás atenta, puedes notar movimiento casi a tus costados sin mover la cabeza. Es una locura pensar que tenemos esa capacidad natural de vigilancia.

Pero el problema viene cuando sacas el aparatito. En el momento en que bajas la cabeza para ver si te dieron 'like' a la foto del almuerzo, esos 180 grados se encogen. Se vuelven un túnel minúsculo de apenas unos pocos grados justo frente a tu nariz. El instructor lo llama 'ceguera por desatención', y es básicamente cuando tu cerebro decide que, como estás mirando la pantalla, el resto del mundo no existe. En una ciudad como la nuestra, a 2335 metros de altura, donde el aire a veces te falta si caminas rápido, lo que menos necesitas es restarte sentidos voluntariamente.

Demostración de los 180 grados de visión periférica en una clase de defensa

Recuerdo que me sentí un poco tonta. Había pasado años caminando así, regalando mi atención por ver videos de gatitos o correos del trabajo que podían esperar a que llegara a mi sala. Me di cuenta de que, al mirar el celular, mi tiempo de reacción promedio ante estímulos, que normalmente es de unos 1.5 segundos, se disparaba por las nubes. Si algo pasaba, yo me iba a enterar tres segundos tarde. Y en la calle, tres segundos son una eternidad. Es la diferencia entre ver que alguien dobla la esquina con mala cara y simplemente chocar con esa persona porque no sabías ni dónde estabas parada.

La ansiedad de la vibración fantasma

El desafío que nos puso el instructor fue simple pero aterrador: guardar el teléfono en la cartera antes de salir del edificio y no sacarlo hasta estar bajo llave en casa. Suena fácil, ¿verdad? Pues no lo es. La primera vez que lo intenté, sentí lo que llaman la 'vibración fantasma'. Juraba que el celular estaba sonando en mi bolsillo, sentía ese cosquilleo en el muslo, y la mano se me iba sola a la cremallera de la mochila. Es como una adicción. Me sentía desnuda sin el brillo de la pantalla guiándome.

Esa noche, mientras caminaba, sentí por primera vez el aire frío de la noche arequipeña golpeando mis mejillas de una forma distinta. Al no tener el celular, empecé a notar cosas: el sonido de mis propios pasos, el olor a comida de un local que cerraba, y sobre todo, sentí el peso real de mis llaves en la mano. No es que las llevara como un arma (aunque en clase nos enseñan a tenerlas listas), sino que simplemente era consciente de que las tenía ahí. Estaba presente. No soy ninguna experta en seguridad, de hecho, soy la persona más distraída de mi oficina, pero esa noche me sentí, por primera vez, menos como una 'víctima esperando a que algo pase' y más como alguien que sabe por dónde pisa.

El truco del espejo digital: una perspectiva diferente

Aquí es donde la cosa se pone interesante y donde mi instructor me corrigió una idea que yo tenía. Yo pensaba que el celular debía estar prohibido, enterrado en el fondo del bolso. Pero él me dijo algo que me cambió el chip: 'Paola, si sabes usarlo, el celular puede ser tu espejo retrovisor'. ¿Cómo? Pues resulta que, si necesitas mirar atrás sin girar el cuello de forma obvia (lo cual a veces te hace ver asustada o paranoica), puedes usar la pantalla apagada del teléfono como un espejo.

A veces, cuando siento que alguien camina demasiado cerca, saco el celular un segundo, pero no para mirar Instagram, sino para ver el reflejo en la pantalla negra mientras hago como que me arreglo el pelo o reviso la hora. Es un uso estratégico. Te permite monitorear tu entorno sin perder esa visión periférica de la que hablábamos. Es como tener un ojo extra sin dejar de estar conectada con lo que pasa adelante. Eso sí, es un vistazo de un segundo, no te quedas ahí mirando el reflejo como si fueras Narciso en el río.

Claro que esto requiere práctica. En mis clases, todavía me pongo roja cuando me toca hacer los simulacros de voz. El otro día, el instructor me pidió que le gritara '¡No!' a un compañero que hacía de 'extraño', y mi voz se quebró en un susurro casi inaudible. Fue un momento de parálisis total. Me sentí como una niña pequeña. Pero bueno, poco a poco voy entendiendo que la seguridad no se trata de saber dar golpes de karate (que no tengo ni idea de cómo se hacen), sino de pequeños ajustes en cómo nos movemos y cómo usamos las herramientas que ya tenemos. Por cierto, si te pasa como a mí y te da pánico el ruido, escribí un poco sobre por qué gritar 'no' fue lo más difícil en mi experiencia aquí en Arequipa.

Celular boca abajo junto a unas llaves y un cuaderno de notas

Recuperando los segundos robados

Hace un par de semanas tuve una prueba de fuego. Venía caminando por una zona que no conozco muy bien y, en lugar de sacar el celular para ver el GPS cada dos metros, decidí memorizar la ruta antes de salir. Iba atenta, mirando a la gente, cruzando la mirada (brevemente, sin retar a nadie) para que supieran que yo los había visto. De repente, noté a un grupo de chicos que venían haciendo mucho ruido y doblando la esquina un poco rápido. Gracias a que no estaba mirando el teléfono, los vi con mucha antelación. Simplemente decidí cruzar la vereda tranquilamente, mucho antes de que nos cruzáramos.

Ese pequeño acto me dio una satisfacción increíble. No fue una pelea épica, no hubo drama. Solo fue mi cerebro funcionando a tiempo. Si hubiera estado con el celular, probablemente habría terminado en medio de ellos, asustada y sin saber cómo reaccionar. Recuperar esos 1.5 segundos de reacción me dio la calma necesaria para tomar una decisión aburrida pero segura. Al final, cómo reducir la vulnerabilidad urbana al caminar sola de regreso a casa empieza por estas pequeñeces que parecen tontas pero que lo cambian todo.

Pequeños pasos para la oficina (y la vida)

No te voy a mentir, sigo siendo la misma Paola que se tropieza con los cables de la impresora en el trabajo. No me he convertido en una agente secreta. De hecho, tengo cero formación médica o de seguridad profesional; soy solo una mujer que se cansó de caminar con el corazón en la boca. Siempre digo que, si tienes dudas serias sobre tu seguridad o sientes que estás en una situación de riesgo constante, lo mejor es que hables con profesionales de verdad o consultes con las autoridades locales. Yo solo comparto lo que mi instructor, con su infinita paciencia, me va enseñando cada sábado.

Lo que sí te puedo decir es que dejar el celular en la cartera cambia tu postura. Caminas más derecha, los hombros no están encorvados sobre el pecho y tu barbilla está arriba. Solo con eso, ya proyectas algo distinto. Es una forma de decir 'te estoy viendo' sin decir una sola palabra. Y para alguien como yo, que todavía sufre para gritar en clase, esa comunicación no verbal es un alivio.

Así que, la próxima vez que salgas de la oficina y sientas la tentación de revisar el feed de noticias mientras caminas al paradero, intenta guardarlo. Siente el frío de la noche, escucha los ruidos de la ciudad y date cuenta de que tienes 180 grados de visión esperando a ser usados. Al principio te sentirás rara, tal vez un poco sola con tus pensamientos, pero te prometo que esa sensación de control vale mucho más que cualquier notificación que puedas recibir.

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