Defensa desde Cero

El día que decidí dejar de ser un blanco fácil y lo difícil que fue gritar 'no'

Mujer principiante en su primera clase de autodefensa femenina, practicando seguridad personal para superar el miedo a caminar sola
Este diario tiene enlaces de afiliado a cosas que de verdad he probado entre clase y clase; si compran algo a través de ellos, me llega una comisión sin que a ustedes les cueste un centavo más.

Cada golpe contra la almohadilla de foam suena más apagado de lo que imaginaba, un ruido corto y seco que se repite mientras fallo la guardia por tercera vez seguida esa tarde. A mi lado, alguien se ríe bajito —no de mí, de sí misma, que también se cayó en el intento anterior—. Así es casi cualquier sábado desde que empecé estas clases de autodefensa femenina para principiantes: torpe, ruidosa, con la cara roja, muy lejos de esa idea de seguridad personal que una se imagina antes de pisar el tatami por primera vez. Llevaba años caminando con las llaves apretadas entre los dedos y acelerando el paso apenas oscurecía, y en algún momento simplemente me cansé de cargar ese miedo sin hacer nada para superarlo.

Fue Lizbeth quien mandó el enlace del curso de iniciación a nuestro chat de la oficina un lunes cualquiera, y cuando le pregunté quién lo había compartido, juró que no había sido ella, todavía no sé por qué le dio tanta vergüenza. Trabajamos juntas hace tres años, y es de esas personas que, sin preguntar cómo me fue en la clase, ya me está pasando algo de su cajón lleno de snacks por debajo del escritorio. Llevo casi un año yendo a estas sesiones de sábado, y sigo sin cinturón ni intención de tenerlo: esto nunca fue sobre aprender a pelear bonito, sino sobre dejar de sentirme un blanco fácil. Aviso de una vez que en este diario aparecen algunos enlaces a cosas que he probado entre semana y semana —si compran algo a través de ellos, a mí me llega una comisión del 67% y a ustedes no les cuesta ni un centavo extra. Solo hablo de lo que de verdad reviso los sábados, palabra de principiante.

Mi voz temblaba cuando el instructor pedía un grito

El instructor, que tiene una paciencia que ya quisiera yo para las juntas de los lunes, nos pidió, en mi tercera sesión, que lo mirásemos fijo y gritáramos un 'no' que se oyera en toda la sala. Abrí la boca y me salió un hilo de voz que ni yo reconocí. Dicen que eso es lo que le pasa al cuerpo cuando el miedo lo bloquea entero, una especie de freno automático del que a nadie le avisan hasta que lo sienten. Me ardía la cara, él se quedó esperando en silencio, y yo solo quería que el tatami se abriera y me tragara.

Lo peor no fue solo la voz. Esa misma tarde, cuando me tocó el ejercicio de pareja y mi compañero avanzó hacia mí como si fuera de verdad, se me borró de la cabeza absolutamente todo lo que el instructor acababa de explicar cinco minutos antes —ni la postura, ni los pies, nada, la mente en blanco total—. Y para colmo grité el 'no' recién cuando ya me había sujetado del brazo, tarde para que sirviera de algo en un caso real. El instructor no se rió, solo anotó algo en su libreta y dijo que eso también era parte de aprender: la voz, entendí esa tarde, es tan defensa como cualquier otra cosa que enseñan ahí, quizás la primera que de verdad hay que entrenar, porque si no puedes ni decir que no en un salón conocido, mucho menos vas a poder hacerlo en la calle con alguien de verdad.

Primer plano de manos de una principiante descansando sobre una sudadera gris tras un ejercicio de autodefensa femenina en el tatami

Damaris y la clase de las caídas en cadena

Damaris llegó el mismo primer sábado que yo, jurando que se había anotado pensando que era una clase de pilates —nadie le creyó del todo, pero tampoco nadie dijo nada—, y ahora es la persona con la que más me río en esa sala. Se tropieza más que cualquiera del grupo, y siempre es la primera en soltar la carcajada cuando le pasa, cosa que agradezco un montón porque hace que mi propia torpeza se sienta menos vergonzosa. El instructor insiste en que hasta la forma en la que uno se para dice si parece un blanco fácil o no, y viéndonos a las dos ahí, tropezando y riéndonos, entiendo por qué lo repite tanto.

A mí también me tocó mi ración de suelo. En un ejercicio de equilibrio planté el pie al revés de como debía, perdí el centro por completo y caí de lado, llevándome casi por delante la colchoneta de al lado. Nada grave, solo el orgullo un poco raspado y la rodilla con una marca roja que me duró días. El instructor lo tomó con calma, dijo que una base mal plantada es de lo primero que falla cuando los nervios se meten de por medio, y que ya vendría el turno de corregirla.

Cuaderno de notas y zapatillas junto a una colchoneta de entrenamiento, apuntes de una principiante sobre seguridad personal

Reforcé mi autodefensa en casa, donde no daba vergüenza preguntar

Como soy medio obsesiva, entre clase y clase me pongo a buscar cosas por mi cuenta. Ahí fue donde encontré 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros, una guía digital que tiene 4.5 estrellas y que, para mi gusto, no se anda con tecnicismos de cinturón negro: está pensada para situaciones de calle reales, de esas que nos dan miedo a las que caminamos solas por Arequipa de noche. Me sirvió sobre todo para repasar en casa, sin nadie mirando, lo que en el salón me daba demasiada vergüenza preguntar dos veces.

Ahí también entendí algo que nadie me había explicado tan claro: no hace falta ser experta en defensa personal para usar el entorno a tu favor —fijarte en quién camina detrás, en qué tan iluminada está la cuadra, en si el negocio de la esquina todavía tiene la reja abierta, todo eso cuenta y no necesita cinturón de ningún color—. Aceptar que ser torpe era solo el punto de partida, no una sentencia, me quitó un peso de encima que llevaba cargando hace rato.

Caminar con audífonos por el Mercado de San Camilo

Hace un par de semanas volvía a casa con los audífonos puestos, cruzando cerca del Mercado de San Camilo, cuando alguien se acercó demasiado rápido por mi derecha y no lo noté hasta que casi lo tenía encima. No pasó nada —el hombre solo iba apurado a alcanzar un combi— pero el corazón se me subió a la garganta y tardé media cuadra en volver a respirar normal. Ahí caí en cuenta de que llevaba meses sin quitarme un solo audífono al caminar, como si el ruido de la calle no fuera parte de la información que necesito para cuidarme.

Desde antes de empezar las clases yo ya andaba con un silbato de emergencia metido en el bolsillo lateral de la cartera, comprado en algún momento de pánico nocturno, y la verdad nunca supe si de verdad iba a servir de algo si lo llegaba a necesitar. Ahora, cuando algo me pone nerviosa en la calle, respiro un par de veces antes de apurar el paso —bajar las pulsaciones cambia todo lo que viene después— y si alguien se me pega demasiado en la fila del mercado o del banco, ya no me quedo calladita: doy un paso al costado y lo digo, aunque me tiemble un poco la voz al hacerlo, porque salir de ahí siempre va a pesar más que tener la razón.

La vez que mi 'no' salió entero

Escribo esto en la mesa de mi cocina en Yanahuara, con la manzanilla ya tibia porque me distraigo escribiendo y se me olvida tomarla, y la ventana de siempre mirando hacia la pared blanca de sillar del edificio de al lado. Hacia la cuarta semana de clases, el instructor volvió a pedir el grito, y esta vez cerré los ojos un segundo, sentí los pies firmes contra la colchoneta y el 'no' me salió entero, sin quebrarse a la mitad como las primeras veces. No fue un grito de película ni nada espectacular, pero él asintió, y por primera vez sentí que mi postura ahí parada significaba algo de verdad.

Sigo siendo la misma que se enreda con el cable del cargador y se choca con las sillas de la oficina, y esa clase no me volvió invencible ni nada parecido —pero si hay una cosa que me llevo de estos meses es que el objetivo nunca fue aprender a ganar una pelea. Es crear distancia y salir del peligro, nada más que eso, y con eso alcanza. Si alguna de ustedes anda sintiendo que el mundo se pone demasiado grande y oscuro después de las seis de la tarde, no le tenga miedo a verse ridícula en una clase. Todas empezamos siendo un desastre de brazos y piernas que se cae encima de la colchoneta ajena. Y si todavía no tienen tiempo de pisar un gimnasio, denle una mirada a los 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros; ayuda a que la cabeza se vaya acostumbrando a la idea de que sí podemos cuidarnos, aunque siempre, siempre, lo mejor sea consultar con un profesional de verdad antes de intentar algo por cuenta propia.

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