
Una tarde gris al salir de la chamba en Arequipa, sentí esa punzada familiar. Ya saben cuál es, ¿no? Esa que te recorre la espalda cuando caminas por una calle solitaria y te das cuenta de que el ruido de tus propios pasos te pone nerviosa. Llevaba años así, apretando las llaves en el bolsillo y caminando rápido, hasta que hace poco, un sábado por la mañana, decidí que ya bastaba. Me inscribí en una clase de autodefensa para principiantes casi por impulso, y miren que yo de artes marciales no sé nada; lo más cerca que he estado de un combate es pelearme con la fotocopiadora de la oficina.
Antes de que nos pongamos serias, les cuento algo importante: en este diario van a encontrar algunos enlaces a recursos que yo misma he curioseado. Si deciden comprar alguno a través de mis links, a mí me llega una comisión del 67% y a ustedes les cuesta exactamente lo mismo. Es mi forma de mantener este espacio mientras aprendo a no tropezarme con mi propia sombra. Solo les hablo de lo que de verdad he probado o revisado entre mis clases de los sábados, ¡palabra de principiante!
El olor a caucho y mi primera crisis de identidad
Cuando entré al gimnasio, lo primero que me golpeó fue el olor. Ese olor a caucho de los tatamis que es tan particular, una mezcla de gimnasio viejo y esfuerzo acumulado. Me sentí fuera de lugar de inmediato. Ahí estaba yo, con mi sudadera de algodón que se sentía áspera contra mis brazos mientras intentaba una guardia básica que, sinceramente, parecía más un baile de coordinación fallido que una postura de defensa.
En mi cabeza, pensaba que todos en la oficina me verían como alguien ruda por estar aquí. Me imaginaba entrando el lunes con un aire de misterio, pero la realidad era que me sentía como una niña perdida en un gimnasio gigante. Miraba a mi compañero, que por cierto es mucho más coordinado que yo (aunque el pobre tiene la gracia de un tierno perrito recién nacido), y no podía evitar reírme de lo torpes que nos veíamos. El instructor, que tiene una paciencia que ya quisiera yo para mis jefes, nos explicaba que no se trata de pelear, sino de estar alertas.

Cuando la voz no sale
Hubo un momento que me marcó mucho en esa tercera sesión práctica. El instructor me pidió que lo mirara fijo y gritara un 'NO' rotundo, que se escuchara en toda la sala. ¿Y qué creen que pasó? Abrí la boca para dar una orden verbal de mando y solo salió un susurro entrecortado. Fue horrible. Él se quedó esperando en silencio y yo sentí que la cara me ardía. Es rarísimo cómo nos han enseñado tanto a ser 'educaditas' que, cuando el peligro es real o simulado, la garganta se te cierra por completo.
Descubrí que la defensa personal empieza en la mente y no en los músculos. Si no puedes ni decir que no, ¿cómo vas a reaccionar ante lo demás? Salí de esa clase con un temblor involuntario en mis rodillas, una mezcla de adrenalina y vergüenza, pero también con una idea clara: no quiero ser un blanco fácil nunca más. Por supuesto, yo no soy ninguna instructora ni experta en seguridad, así que siempre les diré que busquen a un profesional de verdad si quieren aprender en serio. Esto es solo mi experiencia de sábado por la mañana.
¿Qué pasa si no tienes las manos libres?
Algo que me dejó pensando mucho, y que comentábamos con una compañera que a veces lleva a su pequeño a las sesiones, es lo poco que se habla de situaciones específicas. Por ejemplo, la mayoría de lo que te enseñan asume que tienes las manos libres y un equilibrio perfecto. Pero, ¿qué pasa con los padres que van con bebés en brazos?
Es una situación que me rompió la cabeza. Si llevas a un menor, no puedes hacer una guardia clásica ni usar ambas manos para empujar. Tu centro de gravedad cambia totalmente y tu instinto es proteger al niño, no necesariamente golpear. Esa vulnerabilidad es real y creo que la autodefensa convencional a veces se olvida de esas realidades cotidianas de quienes no somos atletas de élite sino gente común que va al mercado o recoge a los hijos del nido.

Buscando ayuda fuera de la clase
Como soy un poco obsesiva, entre clase y clase me pongo a buscar cosas online. Encontré una guía digital que se llama 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros. Honestamente, me gustó porque no se anda con tecnicismos de cinturón negro. Tiene una puntuación de 4.5 estrellas por algo: se enfoca en situaciones reales de calle, de esas que nos dan miedo a las que caminamos por Arequipa de noche.
Me sirvió mucho para procesar en casa lo que en clase me daba vergüenza preguntar. Por ejemplo, entender que no necesitas ser una experta en defensa personal para usar tu entorno a tu favor. Aceptar que ser torpe es solo el primer paso para dejar de ser una víctima me quitó un peso de encima. No necesito ser una ninja, solo necesito saber cómo salir corriendo o cómo evitar que la situación escale antes de que siquiera empiece.
Mi pequeño triunfo de la semana
La última clase, cuando el instructor volvió a pedir el grito, me acordé de mi caminata de los viernes. Cerré los ojos un segundo, sentí mis pies firmes en el tatami y, aunque no fue un grito de película, mi 'no' salió con fuerza. El instructor asintió y por primera vez sentí que mi postura significaba algo. No es que ahora sea invencible, sigo siendo la misma Paola que se enreda con los cables de la computadora, pero ahora camino con los hombros un poquito más atrás.
Si alguna de ustedes se siente así, como que el mundo es un lugar un poco demasiado grande y oscuro después de las seis de la tarde, les diría que no tengan miedo de verse ridículas en una clase. Todas empezamos siendo un desastre de brazos y piernas. Si no tienen tiempo para ir a un gimnasio todavía, denle una mirada a recursos prácticos como los 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros; ayuda mucho a que la cabeza se vaya acostumbrando a la idea de que podemos cuidarnos. Y por favor, ¡consulten siempre con profesionales antes de intentar cualquier cosa loca por su cuenta! La seguridad es un camino largo, pero al menos ya no estoy sentada esperando que nada pase.