Defensa desde Cero

Cómo superar el bloqueo mental ante una situación de peligro

Cómo superar el bloqueo mental ante una situación de peligro: autodefensa para principiantes y seguridad personal para mujeres
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El cuerpo se queda completamente quieto justo en el segundo en que más necesita moverse. Es la pregunta que me persigue desde que empecé con la autodefensa para principiantes, y también la razón por la que este texto no va a ser el diario de siempre. Quiero poner una al lado de la otra dos formas de responder al bloqueo mental que he probado en carne propia: evitar el lugar que me da miedo, o exponerme a él con calma dentro de un grupo. En temas de seguridad personal para mujeres casi siempre se habla de la primera opción y casi nunca de la segunda, así que vale la pena mirarlas juntas, sobre todo si a ti también te interesa la psicología del miedo tanto como a mí.

Antes de comparar nada, hay que nombrar lo que pasa en el cuerpo. Ante una amenaza inesperada, el cuerpo puede desencadenar un bloqueo involuntario —inmovilidad refleja— antes de la reacción de huida o defensa. Es un mecanismo neurobiológico automático, no un fallo personal ni una señal de cobardía. Marcial Bedoya, el instructor de mi grupo de iniciación, lo explica en voz tan baja que una se inclina sin darse cuenta para no perderse palabra, y aun así lo repite cada tanto porque sabe que cuesta creerlo la primera vez. Entender esto cambia la pregunta de fondo: ya no es "por qué me congelo", sino qué hacer con los segundos que vienen justo después.

¿Por qué cambiar de ruta no apaga el bloqueo mental?

Lo primero que probé fue evitar. Una tarde cualquiera empecé a cruzar el puente Grau por el lado más iluminado y a darle un rodeo a cualquier calle oscura de camino a casa, aunque eso significara llegar siempre tarde a todo lo demás. Funcionaba a medias: bajaba el susto puntual, pero el cuerpo seguía sin saber qué hacer el día en que no hubiera rodeo posible.

Ahí está el problema con evitar: cambia el camino, no cambia el reflejo. La sombra que me paralizaba en una calle oscura me habría paralizado igual en cualquier otra parte donde no hubiera podido elegir la ruta. Rodear el peligro es una estrategia razonable cuando de verdad hay una alternativa más segura a la mano, pero como única solución deja intacto justo lo que se supone que quieres arreglar.

Practicar el bloqueo en un lugar seguro

La otra ruta fue exponerme al bloqueo mismo, pero dentro de un espacio donde equivocarme no cuesta nada real. En los ejercicios de pareja del grupo de Marcial, alguien te empuja sin avisar y el cuerpo tiene que reacomodarse antes de que la cabeza alcance a pensar. La primera vez que me tocó ese empujón, me reacomodé sin pedir disculpas, algo que antes hacía siempre por costumbre apenas ocupaba un poco de espacio de más. Fue un solo instante, pero se quedó grabado más que cualquier otra repetición del ejercicio. El tubo fluorescente del rincón parpadeaba cada tanto, como si tampoco terminara de decidir si quedarse encendido o apagarse, y de algún modo ese detalle tonto me ayudaba a no tomarme tan en serio el miedo a fallar el movimiento.

Autodefensa para principiantes: colchonetas de entrenamiento donde practico ejercicios contra el bloqueo mental

Fuera del horario de clase, complementé estos ejercicios con el programa 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros, sobre todo por su parte de visualización. No pide condición de atleta ni técnica compleja: el material es directo, pensado para alguien sin experiencia previa, con una calificación de usuarios de 4.5 que coincide con lo que a mí me sirvió. Imaginar la escena completa —ver a alguien acercarse, decidir cruzar la calle en vez de quedarme fija— fue una manera sencilla de repetir el ejercicio sin depender del sábado. Eso sí, ninguna app ni video reemplaza al instructor presencial: sirve como complemento, no como sustituto de las sesiones en persona.

Bloqueo mental y psicología del miedo: cuaderno de notas junto a una computadora repasando el programa de 21 lecciones

Sobre lo que de verdad da más calma al caminar sola de noche ya escribí aparte, así que aquí solo lo menciono de pasada: la conciencia del entorno ayuda, pero no es lo mismo que resolver el bloqueo en sí.

Lo que sí cambia cuando el cuerpo repite el gesto

En el grupo hay una compañera, Tina Huamaní, que empezó un poco antes que yo y que desde el primer día me señaló dónde dejar la mochila sin que se lo pidiera; desde entonces me guarda el sitio sin que nadie diga nada. Verla quedarse un rato más después de que termina la sesión, repitiendo sola el mismo movimiento, me hizo entender que el cambio no llega de golpe: llega de repetir el gesto hasta que deja de sentirse ensayado.

Ese repetir no se ve igual en todos los cuerpos, y ahí es donde la comparación se pone interesante: alguien con una lesión antigua o con movilidad reducida no va a resolver el bloqueo corriendo más rápido, sino leyendo antes la situación y marcando el límite con la voz y la postura, no con la velocidad de las piernas. Eso conecta con las técnicas de autodefensa para mujeres de oficina que ya cubrí antes: buena parte de sentirse segura pasa por cómo ocupas el espacio con el cuerpo, no solo por la fuerza. Y cuando huir simplemente no es una opción real, priorizar salir de la situación antes que enfrentarla, o simplemente marcar un límite físico claro sin pedir permiso, cuenta como una victoria igual de válida que cualquier golpe bien dado.

Seguridad personal para mujeres con movilidad reducida: rueda de silla de ruedas sobre colchonetas de autodefensa

Elegir entre evitar y exponerse

Puestas una al lado de la otra, ninguna de las dos rutas es inútil, pero tampoco sirven para lo mismo. Cambiar de camino tiene sentido cuando la alternativa insegura es real y evitarla de verdad reduce el riesgo concreto de esa noche puntual; ahí no hay nada que discutir, ese rodeo se toma y punto. El problema aparece cuando el rodeo se vuelve la única estrategia, porque entonces el bloqueo sigue intacto para el día en que no haya rodeo posible. Exponerse en un espacio controlado —una clase, un ejercicio de pareja, incluso la visualización antes de dormir— es lo que de verdad le enseña al cuerpo que existen otras respuestas además de quedarse fijo.

De eso hablé bastante en mi primera clase donde me sentí súper torpe: aceptar que ibas a hacerlo mal antes de hacerlo bien, y que la voz también se entrena como cualquier otro músculo. Aquí no vuelvo sobre eso; solo lo menciono porque ambas rutas —evitar y exponerse— dependen de que una acepte empezar sintiéndose torpe.

Un apoyo extra para los días sin clase

Cuando no hay clase ese sábado, o cuando la cabeza sigue dándole vueltas al tema entre semana, sigo volviendo al mismo programa. No porque sea magia, sino porque me da una estructura para practicar la parte mental sin necesitar un compañero enfrente. Quien quiera algo parecido para ir avanzando a su ritmo, puede revisar 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros; a mí me dio justamente esa base que las clases presenciales a veces dan por sentada, aunque insisto en que funciona mejor como complemento que como reemplazo.

Al final, ni evitar ni exponerse resuelven el miedo de una vez y para siempre; simplemente entrenan partes distintas de la misma respuesta. Lo que sí puedo decir es que cruzar el puente Grau ya no se siente como una prueba que tengo que pasar cada vez, sino como un camino más, con sus sombras normales y su gente normal caminando de vuelta a casa igual que yo.

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