
Sentir que el aire se me escapa por los callejones de Yanahuara no es solo por la falta de oxígeno a estos 2335 metros de altura; es ese nudo de siempre que me aprieta el pecho cada vez que el sol se oculta tras el Misti. Llevo años caminando rápido, apretando las llaves en el bolsillo y bajando la mirada cuando alguien se acerca demasiado. Pero hace unos meses, algo hizo clic. Fue un sábado, después de una semana pesada en la oficina, cuando me vi firmando el formulario de una clase de autodefensa para principiantes. No buscaba medallas ni aprender a romper tablas con la frente, solo quería dejar de sentir que llevaba un cartel de 'blanco fácil' pegado en la espalda.
Antes de que nos pongamos serias (o lo intentemos, porque ya saben que me distraigo), una aclaración honesta: por aquí van a encontrar algunos enlaces de afiliado. Si algún curso les interesa y lo compran a través de ellos, a mí me llega una pequeña comisión y a ustedes no les cuesta ni un sol más. Solo les hablo de lo que de verdad he probado en mis clases torpes de los sábados o en mis ratos libres. Si algo no lo he tocado con mis propias manos, se los diré clarito. Al final, aquí todas estamos aprendiendo a no ser víctimas, ¿no?
El nudo en la garganta y las veredas de Arequipa
Caminar por el centro histórico es hermoso, pero esas veredas estrechas son una pesadilla para quienes valoramos el espacio personal. Siempre hay alguien pegado a tu hombro o alguien que parece no entender que un metro de distancia es lo mínimo para no sentir el aliento del otro. Durante años, mi reacción fue la misma: hacerme chiquita, ceder el paso aunque me empujaran contra la pared y sentir ese calor repentino que sube por mi cuello hasta las orejas cuando alguien invade mi espacio en la fila del supermercado. Me daba vergüenza decir algo. Me daba vergüenza parecer 'exagerada'.
En mis primeras clases de los sábados, me di cuenta de que no era la única. Hay una chica en el grupo, que es incluso más distraída que yo (¡un logro!), que siempre termina tropezando con sus propios pies, pero el instructor tiene una paciencia que ya quisiera yo para mis informes contables. El primer gran choque con la realidad fue cuando nos pidió gritar un 'no' rotundo. Chicas, fue patético. En mi cabeza sonó como una guerrera, pero en la vida real el momento en que el instructor me pidió gritar 'fuego' y solo logré emitir un susurro ronco que nadie escuchó fue cuando entendí que mi bloqueo no era falta de fuerza, sino un hábito de silencio.

Cuando el 'No' se queda atascado en los pulmones
Ese bloqueo vocal es algo muy real. El instructor nos explica que es una respuesta de congelamiento, pero para mí se sentía como si alguien me hubiera puesto pegamento en las cuerdas vocales. Entre esas clases de los sábados, donde todavía me pongo roja si me miran mucho, empecé a curiosear con material que pudiera revisar en casa, sin que nadie me viera fallar. Así fue como llegué a 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros. Honestamente, lo compré una noche de insomnio esperando encontrar alguna fórmula mágica.
Lo que me gustó de este curso, que por cierto tiene una calificación promedio de 4.5 entre quienes lo han tomado, es que no te pide que seas una atleta olímpica. Son cosas muy visuales. Me puse a verlo una tarde fría de mayo, con mi té de canela al lado, y empecé a entender que poner límites no siempre empieza por la boca, sino por cómo te plantas en el suelo. Hay un par de lecciones ahí sobre la mirada y la postura que me hicieron pensar en todas las veces que caminé encorvada por la calle Mercaderes pensando que así pasaría desapercibida, cuando en realidad estaba gritando que tenía miedo.
A veces me río de mí misma porque intento practicar las posturas mientras espero que se caliente el almuerzo en el microondas de la oficina. Mi compañero de la mesa de al lado me mira raro, pero no sabe que estoy trabajando en mi 'presencia'. Si quieres saber más sobre cómo empecé este camino, te cuento más en el día que decidí dejar de ser un blanco fácil y lo difícil que fue gritar 'no'. Es un proceso lento, pero por primera vez siento que tengo herramientas que van más allá de solo correr.
Más allá del gimnasio: lo que aprendí frente a la pantalla
El material de los 21 secretos se siente muy diferente a las clases presenciales porque se enfoca mucho en la psicología de la calle. Por ejemplo, hay un punto donde explican cómo los agresores eligen a sus víctimas basándose en pequeños gestos. Yo solía caminar con el tacto frío y rugoso de la correa de mi bolso mientras la aprieto con nudillos blancos al caminar por Yanahuara. Pensaba que eso me hacía estar alerta, pero el curso me enseñó que solo mostraba mi ansiedad.

Después de varias semanas de práctica constante (y de ver los videos un par de veces), decidí probar algo básico: el manejo del espacio. Una tarde, esperando el bus en la Avenida Ejército, un tipo se me acercó demasiado. No estaba haciendo nada malo, técnicamente, pero estaba en mi burbuja. En lugar de dar el paso atrás de siempre y disculparme yo, simplemente ajusté mi postura, subí la barbilla y mantuve el contacto visual de una manera que aprendí en el video. No dije nada. Pero él, sin que mediara palabra, se alejó un paso. Fue la primera vez que alguien respetó mi espacio personal sin que yo tuviera que pasar por la angustia de un conflicto verbal.
Es importante recordar que yo no soy ninguna experta en seguridad ni tengo cinturones de nada. Solo soy una oficinista que se cansó de tener miedo. Si sientes que tu bloqueo es muy fuerte, siempre es bueno aprender a superar el bloqueo mental ante una situación de peligro con ayuda profesional. Yo misma sigo yendo a mis clases de los sábados porque necesito el contacto real, pero tener ese apoyo digital me ha dado una base técnica que me quita la sensación de que estoy improvisando.
El dilema de la sonrisa obligatoria: ¿y si trabajo atendiendo gente?
Aquí es donde la cosa se pone complicada y es algo que discutíamos el otro día con una amiga que trabaja en atención al cliente. A nosotras nos enseñan que 'el cliente siempre tiene la razón' y que hay que ser corteses por encima de todo. Pero, ¿qué pasa cuando esa cortesía se convierte en el permiso que alguien usa para invadir tu espacio físico? Las reglas de autodefensa estándar te dicen 'aléjate de inmediato', pero si estás detrás de un mostrador, no siempre puedes salir corriendo.
Esta es una zona gris horrible. La normativa de servicio al cliente muchas veces nos prohíbe un rechazo físico directo, lo que invalida esos consejos típicos de manual. En el curso de 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros tocan el tema de cómo usar barreras naturales (como el mismo mostrador o un objeto) para mantener la distancia sin romper la etiqueta profesional. Es un alivio ver que alguien entiende que no siempre podemos andar por la vida empujando gente, sino que necesitamos formas sutiles pero firmes de decir 'hasta aquí'.
He empezado a notar que cuando pongo esos límites sutiles —como no inclinarme hacia adelante cuando alguien me habla, o mantener mis manos visibles y firmes sobre la mesa—, la dinámica cambia. Ya no me siento como una empleada sumisa, sino como una profesional que es dueña de su espacio. Es increíble cómo algo tan pequeño puede reducir esa sensación de vulnerabilidad que solía acompañarme hasta la casa.

No es valentía, es técnica (y un poco de terquedad)
Al final del día, he aprendido que la vergüenza de poner límites viene de pensar que estamos siendo groseras. Pero poner un límite físico es un acto de autocuidado, no una agresión. No necesito saber pelear como en las películas para sentirme más segura; necesito saber que tengo el derecho de decir que no, ya sea con la voz o con el cuerpo. La vergüenza no desaparece por arte de magia, pero entender que esto es una habilidad técnica y no solo un acto de valentía heroica ha cambiado mi perspectiva diaria.
Obviamente, no soy instructora de nada y lo que les cuento es solo mi experiencia personal. Siempre es vital que consulten con profesionales si quieren profundizar, especialmente si sienten que están en una situación de riesgo constante. Yo sigo siendo la misma Paola que se olvida dónde dejó las llaves, pero ahora, cuando camino hacia casa bien entrada la noche, mis pasos suenan un poco más decididos sobre el sillar de las calles.
Si alguna de ustedes se siente identificada con ese susurro ronco o con el nudo en la garganta, les recomiendo muchísimo que le echen un ojo a los 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros. No las va a convertir en ninjas de la noche a la mañana, pero les va a dar ese empujoncito de confianza que a veces nos falta para dejar de pedir permiso por existir en el espacio público. Al final, se trata de caminar tranquilas, ¿no creen? ¡Nos vemos el próximo sábado en la colchoneta!