
Esa sensación de nudo en el estómago, justo en la boca de lo que mi mamá llamaba el 'puchero', me ha acompañado por años cada vez que salgo de la oficina tarde. Aquí en Arequipa, cuando el frío de la noche empieza a calar y te das cuenta de que la calle está demasiado silenciosa, cualquier sombra parece una amenaza. No es que sea paranoica, es solo esa conciencia constante de ser un blanco fácil caminando a 2335 metros sobre el nivel del mar, tratando de no jadear por la falta de oxígeno y el miedo.
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El impulso de un sábado por la mañana
Todo empezó una tarde de noviembre, de esas en las que el cielo se pone gris y te sientes más pequeña de lo normal. Decidí que ya bastaba de caminar encogida. No quería una medalla, ni un cinturón negro, ni aprender a dar patadas voladoras que solo se ven bien en las películas. Solo quería dejar de sentir que, si alguien se me acercaba, mi única opción era congelarme. Así que me inscribí en una clase de autodefensa para principiantes, mitad por impulso y mitad por pura supervivencia emocional.
Los primeros sábados de entrenamiento fueron... interesantes, por decir lo menos. Hay algo muy específico en el olor a desinfectante de un gimnasio local a las ocho de la mañana que te despierta de golpe. Y luego está el tacto áspero de las vendas en mis manos; me tomó como tres clases aprender a ponérmelas sin que pareciera que tenía un guante de boxeo mal hecho. Mi compañero de práctica, un chico que es todavía más torpe que yo (lo cual es un logro, de verdad), siempre termina enredado en sus propios brazos, y vernos a los dos es como ver a dos cachorros intentando entender cómo funcionan sus patas.

Cuando el cuerpo dice 'no', pero la voz no sale
Uno de los mayores choques que tuve no fue físico, sino mental. El instructor, que tiene una paciencia que solo puedo describir como celestial, nos pidió que practicáramos poner límites. Teníamos que pararnos firmes y gritar '¡NO!' con toda la fuerza de nuestros pulmones. Suena fácil, ¿verdad? Pues para mí fue una tortura. Cómo poner límites físicos sin sentir vergüenza en lugares públicos es algo que se lee muy bien en los blogs, pero en la vida real, frente a una habitación llena de gente, mi garganta se cerró.
El momento en que intenté gritar '¡Fuera!' en clase y solo salió un susurro agudo que me hizo querer desaparecer del tatami fue humillante. Me sentí como una niña pequeña otra vez. Mi instructor se acercó y, sin juzgarme, me explicó que ese bloqueo es lo más normal del mundo. No es que no tengas fuerza, es que tu cerebro está programado para no 'hacer una escena'. Superar ese bloqueo mental ante una situación de peligro es la primera verdadera batalla que gané, incluso si ese día me fui a casa sintiéndome un poco tonta.
La estrategia antes que la fuerza
Con el tiempo, me di cuenta de que la autodefensa no tiene nada que ver con categorías de peso o reglas deportivas. En las artes marciales hay un árbitro; en la calle, solo estás tú y tu capacidad de reacción. Por eso, entre mis clases de los sábados, empecé a buscar algo que pudiera estudiar en pijama, sin la presión de que alguien me estuviera mirando. Así fue como llegué a un curso digital que me cambió la perspectiva.
Se llama 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros. Lo que me gustó es que no te pide que seas una atleta. Tiene una calificación de 4.5 por parte de otros usuarios, y entiendo por qué: se enfoca en esos 21 puntos estratégicos que van mucho más allá de golpear. Me enseñó que la importancia del lenguaje corporal para evitar ser un blanco es casi más vital que saber cerrar un puño. Empecé a notar que mi postura, incluso cuando solo voy a comprar pan, cambió. Ya no camino mirando al suelo, sino con los hombros relajados pero la mirada presente.
Una lección inesperada sobre la movilidad
Un día, mientras buscaba más información sobre cómo defenderme, me topé con algo que nunca me habían mencionado en el gimnasio: la autodefensa para personas que usan silla de ruedas. Me hizo sentir muy ignorante no haberlo pensado antes. Todo lo que nos enseñan se basa en estar de pie y mantener el equilibrio sobre dos piernas, pero ¿qué pasa si tu movilidad es distinta? Aprendí que para alguien en una silla, la estabilidad viene del asiento y la propia silla se convierte en un escudo protector increíblemente sólido. Esa idea de usar lo que tienes a mano como una ventaja, en lugar de verlo como una limitación, me dio una lección de humildad y me hizo ver que la autodefensa es, ante todo, adaptabilidad.
De 'blanco fácil' a tener un plan
Hace un par de semanas, caminando de vuelta a casa en una noche fría de mayo, escuché unos pasos rápidos detrás de mí. Sentí esa punzada de adrenalina en la base del cuello, esa que te pone los pelos de punta. Pero esta vez, en lugar de entrar en pánico y empezar a correr (lo cual suele ser una mala idea), simplemente me detuve un segundo, cambié mi ángulo de visión para ver quién era sin parecer asustada, y me moví hacia un lugar con más luz. Era solo un vecino apurado, pero la calma con la que manejé esos diez segundos fue nueva para mí.
Entrenar autodefensa si nunca has hecho artes marciales es, básicamente, aprender a conocer tu propio miedo y darle un trabajo que hacer. No soy una experta, ni mucho menos. Sigo siendo la que se olvida de qué mano va primero en los ejercicios de coordinación, pero ya no me siento una víctima esperando que algo pase. Tengo herramientas. Si estás pensando en empezar, no esperes a sentirte 'en forma' o a tener el valor suficiente. El valor se construye ahí, oliendo a desinfectante y fallando en los gritos hasta que un día, finalmente, te sale la voz.
Si quieres algo que te ayude a entender la parte más estratégica y mental de todo esto, te recomiendo mucho darle un vistazo a mi experiencia con los secretos para vencer a agresores callejeros. Son lecciones cortas que puedes procesar a tu ritmo, y de verdad ayudan a que esos sábados en el gimnasio tengan mucho más sentido. Yo no soy instructora ni profesional de la salud, así que si tienes alguna condición física, siempre consulta con un profesional antes de lanzarte a entrenar fuerte. Pero sobre todo, confía en ese nudo en el estómago: está ahí para protegerte, solo tienes que enseñarle cómo.