Defensa desde Cero

Qué hacer ante un posible asalto si no sabes pelear

Qué hacer ante un posible asalto si no sabes pelear: autodefensa para mujeres y seguridad personal en el día a día

El plástico frío de la silla se me pega a la parte de atrás de las piernas un segundo antes de que la instructora diga que empecemos a movernos, y ese frío dura, sin exagerar, más que el calentamiento entero.

Antes de seguir, la parte aburrida pero necesaria: algunos enlaces de aquí son de afiliado, y si compran algo a través de ellos me llega una comisión chiquita sin que a ustedes les cueste ni un sol más. Solo menciono cursos o recursos que de verdad he revisado o probado en mis sábados torpes; si algo no lo he tocado, se los digo directo. No tengo formación profesional en seguridad ni en defensa personal —soy una oficinista que se cansó de tener miedo—, así que para cualquier cosa seria, siempre es mejor un instructor presencial calificado.

Desde que empecé a escribir esto, la pregunta que más me hacen —por mensaje, en los comentarios, hasta mi vecina en la escalera— es alguna versión de lo mismo: ¿qué hago si no sé pelear y algo se pone feo? Voy a responder con lo que de verdad he ido aprendiendo, sin fórmula mágica, porque la autodefensa para mujeres que no venimos de ningún deporte de contacto se construye distinto: como una forma de prevención del delito que empieza mucho antes que cualquier golpe, y como una manera de cuidar la seguridad personal sin volverse paranoica.

¿Qué hago primero si no sé pelear y presiento peligro?

La respuesta corta: alejarse. No hay técnica secreta ni postura especial que reemplace la distancia, y esa es, para mí, la base entera de la seguridad personal cuando no sabes pelear. El instructor lo repite tanto que ya lo digo yo en sueños: si no sabes pelear, tu única pelea real es la que evitas, y esa decisión empieza mucho antes de que alguien te toque el brazo. Antes caminaba con la cabeza metida en la lista de pendientes del trabajo; ahora trato de mantener algo que en clase llaman conciencia situacional, que no es otra cosa que notar quién anda cerca sin convertirlo en paranoia. Aparte de eso trabajo la calma del cuerpo —bajar el pulso antes de que el susto lo dispare—, aunque ese tema lo desarrollo con más calma en otra entrada.

Los domingos subo hasta el Mirador de Sachaca a caminar un rato, y ahí practico exactamente lo mismo que hago en cualquier calle de la ciudad: fijarme quién anda cerca, calcular por dónde saldría si tuviera que salir, sin dejar que eso me arruine el paseo. Detectar el problema tres cuadras antes —detectar situaciones de riesgo en la calle a tiempo— vale más que cualquier movimiento que yo pudiera improvisar en un segundo de pánico. Si tuviera que dejar un solo consejo útil de toda esta nota sería ese: la primera decisión no se toma cuando el peligro ya está encima, se toma dos minutos antes, cuando todavía se puede cambiar de vereda sin que nadie note nada raro.

Manos de mujer tomando notas sobre autodefensa para mujeres en un cuaderno, apoyadas en una colchoneta de gimnasio.

Ver videos de técnicas no sirve si nunca las practico

Confieso algo que no me enorgullece: antes de meterme a clases, pasé horas viendo videos de técnicas en YouTube sin practicar ni una sola vez frente a un espejo. Me sentía casi lista solo por haber mirado, como si el cuerpo fuera a recordar por su cuenta lo que los ojos habían visto. No funciona así. La primera vez que alguien me pidió repetir un movimiento simple en clase, las manos se me quedaron mudas, como si nunca hubiera visto nada de eso.

Lo que sí me sirvió después fue algo más simple: dejar de coleccionar videos sueltos y seguir un curso ordenado de principio a fin, el 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros, que tiene una calificación de 4.5 y no pretende que hagas piruetas, sino que entiendas por qué el cuerpo se congela y qué hacer con eso. La diferencia no estuvo tanto en el contenido como en dejar de picotear información suelta y empezar a seguir un orden.

El bloqueo mental y el grito que no sale

Acá va lo que nadie me advirtió antes: el cuerpo se puede quedar mudo aunque la cabeza sepa exactamente qué se supone que tiene que hacer. La instructora nos pide gritar "¡No!" con toda la fuerza del pecho y, la primera vez, a mí no me salió ni un hilo de voz, me quedé parada, con la boca abierta y nada adentro. Ese bloqueo es más peligroso que no saber dar un golpe decente, porque paraliza justo el segundo en que más se necesita moverse.

Si sé de antemano que probablemente me voy a bloquear, el plan tiene que ser lo bastante simple como para ejecutarlo sin pensar —nada de coreografías, un solo paso que el cuerpo pueda hacer aunque la mente se apague por completo—. Superar el bloqueo mental terminó siendo, para mí, la mitad de la pelea ganada, aunque suene raro llamarlo así cuando lo que aprendí fue básicamente a no quedarme quieta. Levantar la voz también es una herramienta de defensa por sí misma, aunque de eso hablo con más detalle en otra entrada. Para trabajar ese bloqueo en particular me apoyé de nuevo en los secretos para vencer agresores que mencioné arriba, porque dedican buena parte del contenido a la psicología del miedo y no solo al movimiento.

Botella de agua y bolso de gimnasio sobre colchonetas de entrenamiento, parte de la rutina de seguridad personal después de clase.

¿El miedo se va del todo con el tiempo?

Hay una lectora que me escribe seguido, Bertina, desde Cochabamba, y casi en cada mensaje repite alguna versión de la misma pregunta: si el miedo se va del todo con el tiempo. La respuesta honesta es que no, no del todo, y desconfío de cualquiera que diga lo contrario. Lo que sí cambia es el peso que ese miedo tiene sobre las decisiones normales del día: ya no cruzo de vereda de forma automática ni invento excusas para no salir sola después de cierta hora. El miedo se queda, pero deja de manejar el mapa completo de mi semana, y esa diferencia, aunque suene chica escrita así, es la que de verdad se nota en el cuerpo.

Primer plano de una mano sujetando la correa de una mochila con una alarma personal, un recurso de prevención del delito para el día a día.

Sentirme ridícula también es parte del proceso

La otra clase llamé a mi mamá apenas llegué a casa y le conté con lujo de detalle cómo había ido todo, menos la parte en que grité "¡no!" frente a todo el salón y sentí que la cara se me quería hundir de la vergüenza. Le conté el ejercicio, la risa de la compañera de al lado, hasta lo que comimos después —esa parte me la guardé, como si contarla la fuera a hacer más real.

Mi vecina Suyai, que vive en el piso de arriba, me devolvió hace poco un libro que le presté lleno de anotaciones a lápiz rojo en casi cada página, y cuando le comenté que seguía sintiéndome torpe en clase, se rió y me dijo que ella se sentiría igual de ridícula gritando en un salón lleno de gente. Ayudó escuchar eso de alguien que ni siquiera pisa esas clases. También fui entendiendo, sin que nadie me lo explicara con palabras técnicas, que la forma en que uno camina y ocupa espacio dice tanto como cualquier grito —hombros, paso, mirada—, aunque ese tema también lo desarrollo en otra entrada. Sigo practicando, además, no esperar a que alguien invada mi espacio para poner un límite: dar un paso atrás o decir que no antes de que la situación se ponga incómoda, sin sentir que tengo que justificarlo después. Mi primera clase fue un desastre de torpeza, y sentirme ridícula sigue apareciendo cada tanto, solo que ya no la uso de excusa para faltar.

Si me preguntan cuál es lo único que de verdad se puede controlar sin haber pisado nunca un gimnasio de artes marciales, es esto: decidir antes, no durante. Elegir la vereda, guardar el celular, cruzar la calle sin que les importe verse maleducadas, todo eso se decide con la cabeza tranquila, no en medio del susto. Si quieren algo más estructurado para ese trabajo mental, los 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros siguen siendo lo que yo recomendaría para empezar, sobre todo si nunca han practicado nada y la sola idea de una clase presencial las paraliza.

Cuídense por ahí, y si algo en la calle se siente mal, denle el peso que se merece, también eso es saber defenderse.

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