
Esa tarde de noviembre el cielo de Arequipa estaba de ese gris que parece que te va a aplastar, y yo salía de la oficina con el corazón en la garganta solo por cruzar la calle. No sé si les pasa, pero a veces el silencio de la calle me hace sentir tan pequeña que hasta las llaves me pesan. Fue ahí, entre el susto y el cansancio de vivir alerta, que decidí meterme a esas clases de los sábados, aunque soy la persona menos coordinada que conozco.
Antes de que nos pongamos serias, les cuento algo importante: por aquí van a ver algunos enlaces de afiliado. Si deciden comprar algún curso a través de ellos, a mí me dan una pequeña comisión y a ustedes no les cuesta ni un sol más. Solo les recomiendo cosas que yo misma he ojeado en mis noches de insomnio o practicado en mis clases torpes de los sábados; si algo no lo he tocado, se los diré clarito. Por cierto, tengo cero formación en seguridad o defensa profesional, soy solo una oficinista que se cansa de tener miedo, así que siempre es mejor consultar con profesionales si quieren algo avanzado.
El primer paso no es un golpe, es abrir los ojos
Lo primero que me enseñó el instructor (que tiene una paciencia de santo, de verdad, porque me ha visto tropezar con mi propia sombra) es que la autodefensa no empieza cuando alguien te agarra del brazo. Empieza mucho antes. Yo solía caminar mirando el suelo, repasando pendientes del trabajo, pero ahora trato de mantener lo que llaman conciencia situacional. No es estar paranoica, es solo notar quién está cerca.
En mi clase hay una chica que siempre lleva unos leggins neón y es todavía más distraída que yo, y el otro día el instructor le decía que su mejor arma no era su puño, sino sus pies para alejarse a tiempo. Si no sabes pelear —y créanme, yo no sé ni dar una cachetada decente—, tu meta número uno es no estar ahí cuando el problema empiece. Es un alivio quitarse esa presión de encima de tener que ser una experta en artes marciales.

¿Qué pasa si no puedes salir corriendo? (El reto de los padres)
Hace unas tres semanas, mientras tomábamos un descanso, una compañera que siempre va con su niño pequeño nos hizo una pregunta que me dejó helada. ¿Qué haces si tienes a un niño en brazos? Los consejos típicos de "levanta las manos" o "corre" no funcionan igual. Si eres un padre con un pequeño encima, tu cuerpo se vuelve un escudo. No puedes simplemente soltar todo y salir disparada.
Ahí entendí que para ellos, la prevención es el doble de importante. Tienen la movilidad restringida, así que su "pelea" es detectar el riesgo tres cuadras antes. Me hizo pensar mucho en lo afortunada que soy de solo cargar mi cartera, pero también en que detectar situaciones de riesgo en la calle a tiempo es la única herramienta real que tenemos los que no somos luchadores. Si tienes un niño, tu prioridad no es salvar la billetera, es mantener la estabilidad y buscar un lugar seguro sin perder el equilibrio por el peso del bebé.
El bloqueo mental y el famoso grito que no sale
A principios de enero, pasé por una racha donde me sentía súper frustrada. El instructor nos pedía gritar "¡NO!" con todas nuestras fuerzas y yo... nada. Me quedaba muda. Es increíble cómo el cerebro se apaga cuando sientes que estás en peligro, aunque sea un simulacro. Ese bloqueo es lo más peligroso que hay, más que no saber poner el pulgar fuera del puño.
Para ayudarme con eso, empecé a churretear el curso de 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros. Tiene una calificación de 4.5 en la plataforma y, sinceramente, me ha servido más que nada para entender la psicología detrás del miedo. Lo bueno es que no te pide que hagas piruetas, sino que te da trucos mentales para que, si alguien se acerca, no te quedes como una estatua. Superar el bloqueo mental es la mitad de la batalla ganada.

Pequeños trucos para cuando el miedo te gana
Si alguna vez sienten que alguien las sigue o que el ambiente está pesado, aquí les dejo lo que yo aplico (aunque a veces me tiemblen las piernas a 2335 metros de altura aquí en mi querida Arequipa):
- Confía en tu tripa: Si sientes que algo anda mal, vete. No importa si pareces maleducada o si tienes que caminar tres cuadras más.
- Cero distracciones: Guardar el celular es básico. Yo antes iba mandando mensajes de voz y ahora entiendo que era como caminar con una venda en los ojos.
- Espacio personal: Si alguien se acerca demasiado, no esperes a que te toque para retroceder.
Lo que me gusta de recursos como los secretos para vencer agresores es que están pensados para la calle real, no para un gimnasio con reglas. Me ayudó a entender que si no sabes pelear, tu mejor movimiento es el que te permite llegar a casa a cenar tranquila. Es una perspectiva muy diferente a la que te venden en las películas.

Un cambio de mentalidad (y un poco de paz)
A mediados de este invierno, después de unos siete meses de estar en esto, me di cuenta de algo. Ya no camino con las llaves entre los dedos como si fueran garras (que, por cierto, el instructor dice que es mala idea porque te puedes lastimar tú misma). Ahora camino con los hombros más relajados porque sé que tengo un plan. No soy cinturón negro, sigo siendo la Paola que se tropieza con los cables de la oficina, pero ya no me siento una presa fácil.
Si están en esa duda de si empezar o no porque creen que son muy débiles o que no saben pelear, de verdad les digo: la autodefensa es más cabeza que músculo. Mi primera clase fue un desastre de torpeza, pero cada pequeño paso cuenta. No necesitan ser expertas, solo necesitan estar un paso por delante de quien quiera molestarlas. Échenle un ojo a esos 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros si quieren algo que puedan ver en pijama y que les dé herramientas reales; a mí me ayudó a que el grito por fin empezara a salir, aunque sea bajito por ahora.
¡Cuídense mucho por ahí y no dejen de confiar en su instinto, que nunca se equivoca!