
Eran pasadas las seis de la tarde, ese momento en que el cielo de Arequipa se pone de un azul oscuro que casi duele y el frío empieza a colarse por el cuello de la casaca. Salí de la oficina, como siempre, con los hombros encogidos, mirando mis zapatos y apretando la cartera contra el pecho como si fuera un escudo de cartón. Me sentía pequeña, casi invisible, o al menos eso era lo que yo quería: ser invisible para que nadie me notara. Pero esa noche, mientras caminaba hacia el paradero, me di cuenta de algo que me detuvo en seco: caminar así me hacía parecer exactamente lo que más temía ser... una víctima fácil.
Llevo ya unos cinco meses en esto de las clases de autodefensa para principiantes. No busco ser una experta en karate ni tener una colección de medallas, la verdad es que me conformo con no tropezarme con mis propios pies en el tatami (que ya es decir bastante, porque mi compañero de clase es todavía más distraído que yo y el otro día casi termina en la otra punta de la sala intentando hacer un giro básico). Me inscribí por puro impulso, cansada de ese nudo en el estómago cada vez que el sol se oculta. Y lo primero que aprendí no fue a dar un golpe, sino a cómo pararme frente al mundo.
El error de querer ser invisible
Hace unos cuatro meses, en una de las primeras sesiones, el instructor —que tiene una paciencia de santo, de verdad, no sé cómo no se desespera cuando nos ve a todos perdidos— nos explicó algo que me voló la cabeza. Yo pensaba que evitar el contacto visual era la mejor forma de que no te molestaran. Ya saben, esa técnica de "si no lo miro, no existe". Pues resulta que es todo lo contrario. Al agachar la cabeza y evitar mirar a nuestro alrededor, le estamos enviando una señal clarísima a cualquier depredador: "estoy distraída, tengo miedo y no te he visto venir".

Aprendí que proyectar una mirada directa, aunque sea por un segundo, comunica algo muy potente: "Sé que estás ahí, te he detectado y he perdido el factor sorpresa que necesitabas". No se trata de buscar pelea ni de mirar con cara de pocos amigos, sino de una mirada neutra, consciente. Es increíble cómo cambia la percepción de la gente cuando mantienes la barbilla paralela al suelo en lugar de mirar las grietas de la vereda. Por cierto, si quieren saber cómo fue mi caótico comienzo en este mundo, pueden leer sobre el día que decidí dejar de ser un blanco fácil y lo difícil que fue gritar 'no', porque mi voz todavía se niega a salir cuando hay mucha gente mirando.
Los niveles de atención y el famoso Código de Cooper
Después de la tercera clase, empecé a investigar un poco más por mi cuenta en esos cursos online que miro los sábados por la tarde. Ahí me topé con algo que mencionaron en el gimnasio: el sistema de niveles de alerta diseñado por Jeff Cooper. Básicamente, se divide en 4 niveles que nos ayudan a gestionar nuestra atención sin volvernos paranoicas. No soy ninguna experta en tácticas militares, pero entender esto me ayudó a ponerle nombre a lo que sentía.
- Estado Blanco: Desprevenido. Como cuando vas con los audífonos puestos, mirando el celular, totalmente en tu mundo. Es el estado en el que estamos la mayoría del tiempo y el más peligroso fuera de casa.
- Estado Amarillo: Alerta relajada. No hay una amenaza específica, pero eres consciente de tu entorno. Caminas con la cabeza arriba, observando quién está cerca.
- Estado Naranja: Alerta específica. Has detectado algo que no te gusta, un posible problema, y empiezas a planear qué hacer si las cosas se ponen feas.
- Estado Rojo: Acción. La amenaza está ahí y tienes que reaccionar, ya sea corriendo o defendiéndote.
Desde que intento mantenerme en ese "Estado Amarillo" durante mi trayecto diario, mi sensación de seguridad ha cambiado un montón. No es que esté asustada, es que estoy presente. Es como si hubiera encendido una linterna en una habitación que antes estaba a oscuras. Claro que esto es solo una parte; a veces me siento un poco tonta intentando recordar todo esto mientras trato de no perder el bus, pero poco a poco se vuelve natural. Yo no soy profesional de la seguridad, solo soy una oficinista que no quiere vivir con miedo, así que siempre es bueno que si ustedes sienten que necesitan algo más profundo, consulten con instructores certificados.
Expandiendo el horizonte: Los 180 grados de visión
Una noche de mayo, saliendo de clases, me puse a practicar lo de la visión periférica. El ser humano tiene, más o menos, un campo visual de 180 grados en el plano horizontal. El problema es que vivimos enfocados en un túnel: la pantalla del teléfono o el punto exacto donde vamos a poner el pie. El instructor nos hace ejercicios donde tenemos que detectar movimientos a los lados sin girar la cabeza. Es agotador al principio, te juro que me dolían hasta los ojos, pero te da una perspectiva totalmente distinta de la calle.

Al caminar con esa conciencia de los 180 grados, dejas de ser esa figura encogida que mencionaba al principio. Tu postura se endereza sola. Es una cuestión de biomecánica o algo así, supongo. Si quieres ver a los lados, no puedes estar encorvada. Recuerdo que hace apenas un par de semanas, sentí por primera vez que mi postura realmente significaba algo. Iba caminando por una calle un poco solitaria cerca de la Plaza de Yanahuara y vi a un grupo de chicos parados en una esquina. En otro tiempo, me habría cruzado de calle corriendo o habría agachado la cabeza hasta que me doliera el cuello. Esta vez, simplemente mantuve mi paso firme, los miré brevemente para que supieran que los había visto y seguí mi camino. No pasó nada, pero la que se sintió diferente fui yo.
Esa pequeña victoria personal me recordó mucho a lo que de verdad me dio más calma al caminar sola de noche tras años de miedo, porque al final no se trata de saber dar una patada voladora, sino de cómo te proyectas ante los demás. La comunicación no verbal dice mucho más de nosotros que cualquier palabra que podamos gritar (y miren que a mí todavía me cuesta horrores que me salga el "no" con fuerza).
El lenguaje de los pies y las manos
Otra cosa que me causa gracia de mis clases —y de mis constantes asfixias por falta de coordinación— es cómo el instructor se fija en nuestros pies. Dice que la forma en que caminamos, la zancada, es un delator. Las personas que caminan con pasos muy cortos y rápidos suelen proyectar ansiedad. En cambio, una zancada natural y decidida muestra confianza. Es como si tus pies dijeran: "Sé exactamente a dónde voy y no tengo prisa por escapar".
Y las manos... ¡ay, las manos! Yo solía caminar con las manos metidas en los bolsillos, especialmente cuando hacía frío aquí en Arequipa. Error total. Si tienes las manos atrapadas, no puedes reaccionar, no puedes equilibrarte si te empujan y, sobre todo, proyectas una actitud defensiva y cerrada. Ahora, aunque se me congelen un poco los dedos, trato de llevarlas libres o al menos fuera de los bolsillos. Es un detalle tonto, pero me hace sentir más preparada, más dueña de mi espacio.

A veces, cuando estoy en la oficina y me levanto por un café, me sorprendo a mí misma corrigiendo la postura. Mis compañeros deben pensar que me he vuelto más alta o algo así, pero es solo que he dejado de intentar desaparecer. Todavía me falta mucho, sigo siendo la que se queda en blanco cuando el instructor se para frente a mí y me pide que use mi voz, y sigo pensando que mi compañero es un peligro público con sus movimientos descoordinados, pero ya no me siento como un blanco fácil.
Al final del día, este escudo invisible que estoy construyendo con mi cuerpo es mi mejor herramienta. No requiere fuerza física, solo requiere estar presente. No soy experta, no tengo cinturones de colores, solo tengo estas ganas de caminar por mi ciudad sintiendo que el espacio también me pertenece. Si alguna vez te has sentido como yo, te aseguro que empezar por enderezar la espalda y mirar al frente cambia las reglas del juego de una manera que ni te imaginas. No es magia, es solo dejar de ser invisible para empezar a ser consciente.