
En el salón de clase el grito se me atora en la garganta; sola en mi sala, ese mismo «¡no!» me sale casi entero. Llevo un año entrenando autodefensa femenina cada sábado en un curso para principiantes, cuidando mi seguridad personal entre semana desde mi propia casa, para cuando camino de noche por las calles de mi barrio, en Yanahuara, y siento que cualquier sombra me puede convertir en blanco fácil. No empecé por ninguna medalla ni porque me gustara pelear — me metí a la primera clase casi de casualidad, cansada de apretar la cartera contra el pecho cada vez que las calles se vaciaban de golpe.
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Por qué entre semana se me olvida todo lo del sábado
Todo empezó un sábado cualquiera, cuando me inscribí por impulso a un curso de principiantes. Al salir de esa primera clase vi pasar al Serenazgo con la circulina prendida y aun así seguía con ese nudo en el estómago que ya cargaba desde antes. Mi instructor tiene una paciencia que ya quisiera yo para las tareas pendientes de la oficina, y desde la primera sesión insiste en la conciencia situacional: básicamente, guardar el celular y mirar alrededor cuando camino sola. En mi clase hay un compañero que es todavía más despistado que yo — el otro día casi se da con el espejo tratando de hacer un giro — y verlo equivocarse igual que yo hace que el ridículo pese menos. Sobre lo primero que aprendí a pararme y a mirar escribí algo aparte, sobre la importancia del lenguaje corporal para evitar ser un blanco, porque fue lo que de verdad me cambió el chip esa primera semana.
El problema es que el sábado se acaba y entre semana la memoria del cuerpo se me borra rapidísimo. Llego a la oficina, me distraigo con las hojas de cálculo, y para el jueves ya ni me acuerdo de cómo se sentía tener los pies bien plantados. Ahí fue cuando empecé a buscar alguna forma de practicar sin depender solo de la clase semanal.
Buscar formas de practicar sin salir de casa
Lo que más me cuesta sigue siendo cuando el instructor pide que gritemos «¡no!» con todo el pecho. A mí me sale apenas un hilo de voz, nada que espante a nadie, y ahí entendí que necesitaba algo para practicar en la sala, sola, sin que nadie más que yo viera lo mal que me sale al principio. Mi vecina, la que hace zumba en el parque los martes, me preguntó una vez por qué prefería encerrarme en casa en lugar de salir a moverme como ella; la respuesta corta es que necesitaba practicar ese grito sin que toda la cuadra me escuchara.

Buscando en las noches después de la oficina noté la diferencia entre las artes marciales tradicionales, con sus reglas, su árbitro y su tanto de coreografía, y la autodefensa pensada para alguien que no busca competir con nadie, solo llegar entera a su casa. Quería algo directo, sin adornos, que pudiera repasar entre el trabajo y la cena, y ahí fue cuando encontré una opción que se enfocaba justo en eso.
Practicar sola frente al espejo
El programa que terminé eligiendo se llama 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros, y lo que me convenció no fue ninguna promesa de convertirme en superheroína, sino que está armado para situaciones que de verdad me podrían pasar en la calle, no para ganar un combate deportivo. Son puntos concretos, desde reconocer el peligro antes de que se acerque hasta movimientos simples que no piden que seas gimnasta. Tiene una calificación de usuarios de 4.5 sobre 5, y se nota por qué: no promete que vas a ganar cualquier pelea, sino que la mejor pelea sigue siendo la que ni siquiera empieza. Sobre esto mismo escribí algo más largo, con más detalle de cómo me fue, en mi experiencia con los secretos para vencer a agresores callejeros.
Lo que probé antes y no funcionó
Antes de meterme a esto probé un curso de yoga para bajar el estrés. Me ayudó a respirar mejor sobre la esterilla, pero en la calle seguía caminando con los hombros pegados a las orejas, como si cargara la tensión en otro lado que el yoga nunca tocó. Con la autodefensa fue distinto, aunque tampoco fue de un día para otro. Por la semana cinco, haciendo cola en el banco para un trámite aburridísimo, noté algo raro: tenía los pies plantados distinto, separados y firmes, no juntos y encogidos como antes. Nadie me lo señaló, ni siquiera lo pensé mientras pasaba — lo noté después, ya afuera, con las manos temblándome un poco al abrir el cuaderno camino a casa.
Mi instructor dice que esos segundos en blanco cuando una debería reaccionar tienen nombre y que no significa que seas floja ni que estés fallando; simplemente el cuerpo se congela antes de moverse, y aprender a notarlo ya es un avance. Lo que más se acerca a «avanzar» para mí, la mayoría de las semanas, no es aprender un movimiento nuevo sino bajar las pulsaciones un poco antes de reaccionar, en vez de quedarme paralizada esperando que el susto se me pase solo.
Encontrar la voz que en clase todavía se me traba
Se supone que decir que no en voz alta cuenta como defensa tanto como cualquier movimiento de brazos, aunque a mí en el salón la voz se me siga cortando a la mitad. En casa, repitiendo sola frente al espejo del pasillo, me sale un poco más grande cada vez, aunque todavía esté lejos de sonar como quiero. Lo que sí aprendí, y esto me costó más que cualquier grito, es a poner límites físicos sin sentir esa vergüenza paralizante que me daba al principio — que alguien se acerque demasiado y yo pueda decir «un paso atrás» sin sentir que estoy siendo una maleducada. Sobre esto escribí más largo en cómo poner límites físicos sin sentir vergüenza en lugares públicos, porque a veces el obstáculo más grande no es quien tienes en frente sino la educación que una carga desde niña.
En casa, sin la vergüenza de que me vea la clase entera, es más fácil soltar la voz un poco más cada semana. Y aunque no siempre pueda simplemente alejarme —la situación en casa es distinta a la de la calle abierta— la meta sigue siendo la misma: poner distancia, no buscar pelea.
Ojo, que no me hago pasar por experta. Sigo siendo la misma Paola de la oficina que se asusta con los ruidos fuertes y que cuenta lo que le sirvió a ella, nada más — aceptar que soy nueva en esto, sin apuro por hacerlo perfecto, ha sido casi tan importante como cualquier ejercicio. Si alguna vez sientes que estás frente a una situación realmente peligrosa, o tienes dudas sobre tu condición física para entrenar, habla con alguien que de verdad sepa del tema.
Lo que terminó importándome de verdad al elegir
No me compliqué con probar mil programas distintos — elegí uno solo para no marearme, y con el tiempo entendí qué era lo que de verdad me importaba de un método para practicar en casa. Que hablara de la calle real y no de puntos de torneo fue lo primero: en cuanto un curso empieza a sonar a competencia deportiva, para mí pierde sentido, porque no busco ganar nada, busco llegar a mi casa entera. Lo segundo fue que los movimientos no tuvieran mil pasos, porque mi cerebro de principiante se desconecta apenas se complica la secuencia. Y lo tercero, algo tan simple como poder verlo desde el celular mientras espero el colectivo o desde la tablet en la sala, sin depender de estar en un lugar exacto a una hora exacta.
Tampoco es un curso perfecto, ni pretendo hacerlo parecer así. Sigue siendo un curso en video, así que no reemplaza la práctica presencial con un instructor de carne y hueso corrigiéndote la postura, y todavía no encontré tantas reseñas públicas como para tomarlo como la última palabra de nadie. Tampoco entra mucho en los límites legales de usar la fuerza, que cambian según el país — y ahí prefiero no arriesgarme a decir algo que no me corresponde, mejor consultarlo con quien sepa de leyes si alguna vez hace falta.
Un par de semanas después de esa primera clase ya estaba convencida de que este era un camino de ida, no una moda pasajera. Lo que más valoro de 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros es que está pensado para alguien que todavía ni cierra bien el puño, no para quien ya sabe pelear y solo quiere pulir detalles.
Lo que sí cambió, sin ceremonia
Mi postura cambió sin que me diera cuenta del momento exacto en que pasó. Ya no camino mirando mis zapatos todo el trayecto a la parada. Mi instructor todavía tiene que recordarme que respire cuando practicamos, pero por lo menos ya no me quedo congelada como al principio. Entender que esto es un proceso de todos los días, y no algo que se aprende en un fin de semana, me dio una calma que antes no tenía, aunque tampoco diría que el miedo se me fue del todo — sigo mirando por encima del hombro algunas noches, solo que ahora con un plan en la cabeza en vez de solo con pánico.
Sigo siendo la misma que se tropieza con los cables de la oficina, pero cuando camino de noche por Yanahuara ya no siento que cargo un cartel de blanco fácil. Si tú también sientes ese miedo constante caminando sola, no esperes a que pase algo para hacer algo al respecto — empieza con algo chico, aunque sea en tu sala entre semana, y fíjate cómo esa sensación se va apagando de a poco. Si quieres darle una mirada a lo que a mí me sirvió, ahí te dejo 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros; me ayudó a entender que no hace falta ser una experta para empezar a cuidarte.
Bueno, ya me desvié otra vez. La semana pasada mi compañero de clase intentó hacerme una demostración de lo que aprendió y terminó tirándose el café encima. Si a él no le da vergüenza, a mí tampoco debería dármela.