Defensa desde Cero

Lo que de verdad me dio más calma al caminar sola de noche tras años de miedo

Lo que de verdad me dio más calma al caminar sola de noche tras años de miedo

Ay, no saben la sensación. Es ese momento justo cuando el sol se empieza a esconder detrás del Misti y las sombras en las calles de Arequipa se vuelven largas, larguísimas. Trabajo en una oficina aquí en el centro y, por años, ese camino de vuelta a casa fue un nudo en el estómago constante. Caminaba tan rápido que llegaba sudando, siempre con la mirada en el suelo pero las orejas como radares. ¿Les ha pasado? Es agotador vivir así. Por cierto, antes de que me olvide: por aquí van a encontrar algunos enlaces de afiliado. Si algún curso les convence y lo compran, a mí me llega una comisión y a ustedes les cuesta lo mismo. Solo les hablo de lo que yo misma he ojeado entre mis clases torpes de los sábados; si algo no lo he tocado, se los digo clarito.

Hace unos siete meses, un sábado que amaneció especialmente gris, me dio el arrebato. Me inscribí en una clase de autodefensa para principiantes. Nada de cinturones, nada de querer ser la próxima estrella de acción; solo quería dejar de sentirme como un blanco fácil. Pero claro, la teoría es una cosa y yo soy otra. En mi primera sesión, mientras el instructor (un señor con una paciencia de santo, de verdad) nos pedía que gritáramos "¡NO!" con todas nuestras fuerzas, yo me quedé ahí, tiesa. Sentí el frío del metal de mis llaves apretadas contra la palma de mi mano, dejando una marca roja por la fuerza del miedo acumulado, pero de mi boca no salió ni un suspiro.

La realidad de mis clases de los sábados (y mi falta de voz)

No se imaginan la vergüenza. Ahí estaba yo, rodeada de gente que parecía estar soltando años de frustración en cada grito, y yo con la garganta seca, en silencio total. Es frustrante. Una se siente defectuosa, como si hubiera nacido sin ese botón de "defenderse" que el resto del mundo parece tener instalado de fábrica. Mi compañero de al lado, que es todavía más distraído que yo —siempre se olvida de qué pie va adelante y termina casi tropezando con su propia sombra—, gritaba como si le fuera la vida en ello. Y yo, nada.

Esa sensación de fracaso me persiguió varias semanas. El instructor nos explicaba que en esta ciudad, a 2335 metros sobre el nivel del mar, a veces nos falta el aire, pero a mí lo que me faltaba era la chispa. Empecé a pensar que quizás las artes marciales no eran para mí. No quería aprender a dar patadas voladoras, quería poder caminar por Yanahuara o por el centro sin que el corazón me saltara al cuello cada vez que escuchaba pasos detrás. Como les contaba en aquel mensaje sobre el día que decidí dejar de ser un blanco fácil y lo difícil que fue gritar 'no', mi problema no era la fuerza física, era mi cabeza.

Primer plano de una mano sujetando llaves con fuerza mostrando la tensión del miedo

Cuando el "corre y escapa" no es una opción para todos

A mitad de este camino, hace apenas tres semanas, tuve una epifanía. En la clase hay una chica, vamos a llamarla Clara, que viene en silla de ruedas. El instructor siempre nos dice: "Si ven peligro, corran". Y un día vi la cara de Clara. Para ella, y para tantas personas con movilidad reducida, ese consejo estándar de "simplemente corre" es, bueno, imposible. Me hizo sentir tan tonta por mis propias quejas. Ella necesita estrategias de autodefensa estática, usar lo que tiene a mano, y sobre todo, una conciencia situacional de acero para no llegar nunca a ese punto.

Verla a ella me hizo entender que la autodefensa no es un deporte de contacto, es una cuestión de anticipación. Yo no soy una experta, no tengo ninguna certificación de seguridad y, obviamente, no soy profesional de la salud ni nada parecido (siempre consulten con expertos antes de intentar cualquier cosa física intensa, en serio). Pero empecé a buscar algo que me ayudara con esa parte que no es dar golpes, sino entender qué pasa a mi alrededor antes de que pase.

Fue así como, en una de esas noches de insomnio después de clase, encontré una guía que me cambió un poco el chip. Se llama 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros. Lo que me atrajo no fue la idea de "vencer" en un combate, sino esos 21 consejos prácticos sobre psicología callejera. Tiene una calificación de 4.5 estrellas y, aunque es un curso en video y no reemplaza el sudar en el gimnasio, me dio herramientas que mi voz todavía no se atrevía a soltar.

Ambiente inclusivo en clase de autodefensa con enfoque en diferentes capacidades físicas

Lo que de verdad cambió en mi caminata nocturna

Durante las primeras clases de los sábados, yo seguía pensando que el secreto estaba en la técnica perfecta de la mano o el pie. Pero después de leer sobre la prevención —que dicen que es como el 90% de la seguridad—, algo hizo clic. Una tarde gris de mayo, saliendo tarde de la oficina, me vi en la situación de siempre: calle vacía, luz mortecina. Pero esta vez, en lugar de encoger los hombros y mirar mis zapatos, hice lo que habíamos practicado: levanté la vista, ensanché la postura y simplemente observé.

Por primera vez en meses, sentí cómo mis hombros bajaron de las orejas. No es que de pronto me sintiera una superheroína, pero entendí que podía evitar un conflicto mucho antes de que empezara. La diferencia es sutil, pero se siente en el cuerpo. Ya no apretaba las llaves como si fueran un amuleto mágico; las llevaba seguras, pero mi mente estaba en otro lado, escaneando el entorno con una calma que no conocía.

Ojo, que sigo siendo la misma Paola que se enreda con sus propios pies a veces. El otro día, intentando hacer un giro simple, casi termino abrazada al saco de boxeo por puro desequilibrio. Mi instructor solo suspiró y me sonrió con esa paciencia infinita que tiene. Pero ya no me siento defectuosa por no saber gritar. He aprendido que hay muchas formas de decir "aquí estoy yo" sin necesidad de romperme las cuerdas vocales.

Cuaderno de notas personales sobre conciencia situacional y consejos de seguridad para principiantes

¿Vale la pena invertir en estas cosas siendo principiante?

Mucha gente me pregunta si no es mejor simplemente tomar un taxi. Y sí, a veces lo es. Pero la libertad de poder caminar no tiene precio. El curso de los 21 Secretos me sirvió porque es directo, nada de cosas raras de gimnasio que nunca voy a usar en la vida real. Es para gente como yo, que trabaja en una oficina y solo quiere volver a casa tranquila para ver su serie favorita.

Claro, tiene sus contras. Al ser video, no tienes a nadie corrigiéndote si pones mal el dedo, por eso sigo yendo a mis clases presenciales (aunque me sigan saliendo mal la mitad de los ejercicios). Pero para entender la parte de la cabeza, la que te da la calma, ha sido un gran apoyo. Si están empezando como yo, no se presionen por ser perfectas. La autodefensa es, más que nada, recuperar el derecho a caminar sin miedo.

Al final, lo que me dio la paz no fue aprender a pelear, sino aprender a no ser una víctima esperando que nada pase. Hoy, cuando salgo de la oficina y veo el Misti oscurecerse, respiro hondo. Sé que el camino es el mismo, pero la que camina ya no es la misma Paola asustada de hace siete meses. Si sientes que te falta ese "instinto", no te preocupes, se entrena. Y a veces, empieza simplemente bajando los hombros y mirando al frente. Si te interesa darle una mirada a lo que yo usé para entender esa psicología de la calle, puedes ver los 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros; a mí me ayudó a llenar esos huecos que la clase práctica no cubría.

¡Nos vemos el próximo sábado (espero no tropezarme esta vez)!

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