Defensa desde Cero

Técnicas de autodefensa para mujeres que trabajan en oficinas

Técnicas de autodefensa para mujeres que trabajan en oficinas
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A veces, el miedo no es un grito, sino un silencio que se te pega a la espalda. Para mí, ese silencio empezaba todas las tardes, apenas cruzaba la puerta de vidrio de la oficina aquí en Arequipa. El tacto áspero de la correa de mi bolso contra el hombro se volvía mi única compañía, y lo apretaba con tanta fuerza que mis nudillos se ponían blancos, casi como si el cuero pudiera protegerme si lo sostenía lo suficiente. Es una tontería, lo sé, pero caminar hacia el paradero cuando ya oscureció te hace sentir pequeña, como un blanco fácil esperando que alguien se dé cuenta.

Antes de que te metas de lleno en mis historias, una cosita honesta: por aquí vas a ver algunos enlaces de afiliado. Si decides comprar algún curso a través de ellos, a mí me llega una comisión y a ti el precio no te cambia en nada, ni un centavo. Solo te cuento de lo que de verdad he probado en mis clases torpes de los sábados o lo que he revisado en mis ratos libres. El día que algo no lo haya usado, te lo aviso sin que preguntes, porque aquí estamos para cuidarnos.

El impulso de dejar de ser un blanco fácil

Llevaba años así, con esa punzada eléctrica en la base del cuello que aparece cuando alguien camina demasiado cerca y al mismo ritmo que yo. A mediados de diciembre pasado, después de una de esas caminatas donde llegué a casa con el corazón en la boca, me harté. No quería ser una experta en artes marciales ni sacar un cinturón negro de ningún color; solo quería llegar a mi puerta sin sentir que estaba escapando de algo invisible. Así que, medio por impulso, me inscribí en unas clases de autodefensa para principiantes.

Mi primera clase fue un desastre total, pero de esos que te dan risa después. El instructor tiene una paciencia que ya quisiera yo para aguantar a mis jefes, y menos mal, porque soy un caso perdido. Hay una compañera, Marta, que es todavía más despistada que yo. El otro día intentó hacer un giro y terminó abrazada al saco de boxeo porque se mareó. Nos reímos tanto que el instructor tuvo que recordarnos que estábamos ahí para aprender a defendernos, no para un show de comedia. Pero ese es el punto, ¿no? Quitarle peso al miedo.

Tacones de oficina junto a un mat de entrenamiento de autodefensa.

El nudo en la garganta y el famoso 'NO'

Hay algo que me sigue costando horrores, incluso después de un mes de clases: gritar. Parece fácil cuando lo piensas, pero el momento en que el instructor se pone frente a ti y te dice que grites un "NO" que se escuche en toda la cuadra, me quedo en blanco. Abrir la boca para gritar en el simulacro y que solo saliera un suspiro ronco fue frustrante; sentí el calor de la vergüenza en las mejillas mientras todas las demás sí lograban proyectar la voz. Es como si mi educación de "niña bien educada de oficina" me impidiera hacer ruido.

Esa dificultad de poner límites me hizo darme cuenta de que la autodefensa no es solo dar golpes (que, seamos sinceras, todavía no sé dar ni uno bien). Se trata de la confianza. Empecé a buscar apoyo extra porque sentía que en el salón me bloqueaba. Fue cuando, curioseando una noche de insomnio, encontré el curso 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros [Hero Pick]. Lo que me convenció fue que no te pedía ser una atleta. Tiene una calificación de 4.5 estrellas y, sinceramente, poder ver los videos en pijama me ayudó a procesar la parte mental sin la presión de que Marta me viera fallar por décima vez.

He aprendido que hay cosas que pasan mucho antes de que alguien te toque. Por ejemplo, me voló la cabeza descubrir los 4 niveles de la escala de Cooper para la conciencia situacional. Es una forma de medir qué tan alerta estás. La mayoría del tiempo en la oficina estamos en el nivel "blanco", totalmente distraídas con el celular o pensando en los pendientes. Pasar al nivel "amarillo" —simplemente estar consciente de quién está a tu alrededor— ya te quita esa etiqueta de víctima fácil. No necesito un cinturón negro, solo necesito llegar a mi puerta sin que el corazón me salte en el pecho.

El dilema de los tacones y la falda lápiz

Aquí viene lo que nadie te dice en los gimnasios de boxeo: la ropa de oficina es la peor enemiga de la autodefensa física. Una tarde gris de mayo, intenté practicar un movimiento de equilibrio que nos enseñaron el sábado, pero lo hice con mis tacones de cinco centímetros y mi falda ajustada. Casi termino en el suelo antes de empezar. Las técnicas convencionales asumen que llevas zapatillas y pantalones cómodos, pero mi realidad son las calles de Arequipa vestida para una reunión de presupuesto.

Por eso me ha servido tanto enfocarme en la prevención y en usar lo que tengo a mano. Si quieres leer más sobre cómo me sentí al principio, escribí sobre el día que decidí dejar de ser un blanco fácil y lo difícil que fue gritar 'no'. Ahí cuento más sobre mis tropiezos iniciales. La verdad es que, si trabajas en una oficina con código de vestimenta formal, tu mejor defensa es tu entorno y tu voz, no intentar una patada voladora que va a terminar rompiendo la costura de tu falda favorita.

Celular mostrando curso de autodefensa junto a libreta de notas personales.

Pequeñas victorias en el camino a casa

Lo más curioso es cómo cambia tu postura. A fines de marzo, me di cuenta de que ya no caminaba mirando mis zapatos. El curso de los 21 Secretos me enseñó que los agresores buscan a alguien que parezca perdido o asustado. Ahora, aunque por dentro siga un poco nerviosa, mantengo la barbilla en alto y los hombros hacia atrás. Es un cambio sutil, pero se siente como un escudo invisible.

He empezado a aplicar técnicas de desescalada que mencionan los instructores. No se trata de pelear, sino de evitar que la situación escale. Por cierto, yo no soy experta en seguridad ni nada por el estilo, solo soy una secretaria que ha tomado un par de cursos. Si sientes que estás en una situación de peligro real o necesitas formación profesional, por favor, busca a un instructor certificado o contacta a las autoridades. Lo mío es puro diario de aprendizaje.

Incluso he notado que mi percepción del espacio ha cambiado. Ahora sé dónde están las salidas de luz y los locales abiertos. Si quieres saber qué fue lo que más me ayudó a calmar los nervios, puedes ver mi post sobre lo que de verdad me dio más calma al caminar sola de noche tras años de miedo. No fue aprender a pegar, fue aprender a mirar.

¿Vale la pena intentarlo?

Si estás dudando porque te sientes torpe como yo, o porque crees que no tienes tiempo entre tanto reporte y café, te diría que te lances. El curso digital que mencioné antes tiene exactamente 21 técnicas específicas que puedes revisar a tu ritmo. Lo bueno es que se enfoca en situaciones de calle reales, no en ganar una medalla olímpica. Tiene sus contras, claro; como es video, no tienes a nadie que te corrija si pones mal el pie, pero para entender la psicología del agresor y ganar esa primera capa de seguridad, es un golazo.

Al final del día, la autodefensa para nosotras empieza en la cabeza. Empieza el momento en que decides que tu tranquilidad vale el esfuerzo de pasar un sábado haciendo el ridículo con un saco de boxeo. Mi postura al caminar ahora significa algo; ya no soy solo una mujer de oficina apurada, soy alguien que sabe dónde está parada. Y créeme, si yo pude soltar ese primer "no" (aunque fuera bajito), tú también puedes. Si quieres empezar por algo práctico y que no te exija ir al gimnasio todos los días, dale una mirada a los 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros. A veces, la mejor herramienta es la que tienes guardada en el celular para repasar mientras vas en el bus.

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