Defensa desde Cero

Ejercicios para superar el miedo a gritar en clases de autodefensa

Ejercicios para superar el miedo a gritar en clases de autodefensa femenina: mujer entrenando ejercicios de voz para la seguridad personal

¿Qué pasa en el cuerpo cuando la voz se niega a salir?

¿Qué se supone que tiene que pasar en la garganta para que una palabra tan simple como «no» se quede atrapada ahí? Todavía no tengo una respuesta clara. Lo único que sé es lo que sentí la tarde que el instructor de mi clase de autodefensa para mujeres se paró frente a mí y me pidió, sin anestesia, un grito rotundo. Yo venía cargando la semana entera de hojas de cálculo y correos con «quedo atenta», y de golpe el aire se me quedó atascado en el pecho. Lo que salió fue un hilo de voz tan flojo que me dio vergüenza, como si hubiera intentado espantar a un gato y el gato se hubiera quedado mirándome con lástima. Fue el primer indicio de que superar el miedo a gritar me iba a costar más que cualquier otro ejercicio de esta seguridad personal que ando construyendo despacio.

Antes de apuntarme a esto, lo único que hacía para sentirme un poco más tranquila caminando de noche era llevar las llaves entre los dedos, aunque nunca supe si eso servía de algo real o si solo me hacía sentir mejor por tener algo filoso a la mano. Como en toda clase de autodefensa cuando recién empiezas, una se siente torpe en absolutamente todo, no solo en la voz, y esa torpeza general es otro cuento que ya quedó contado en otro lado. Para que el sonido salga hace falta que se activen casi 100 músculos que uno normalmente ni nota que tiene, o eso decía la explicación que encontré una tarde en que quise entender por qué los míos parecían estar en huelga. No me voy a meter aquí en por qué la voz cuenta como una herramienta de defensa en sí misma, eso también quedó escrito en otro lado, pero sí puedo contar lo que se siente entrenarla desde cero.

Mano sosteniendo una botella de agua en una pausa de la clase de autodefensa, parte de los ejercicios de voz para superar el miedo a gritar

Nos enseñan a no armar escándalo

Nos enseñan desde chicas a no armar escándalo, y eso pesa más de lo que parece. En la oficina, si alguien me interrumpe feo en una reunión, bajo la cabeza y sigo. En la calle, si alguien se acerca demasiado, apuro el paso pero no digo nada, como si hablar fuera a empeorar las cosas. El instructor cuenta que un grito puede llegar a bastantes dB, pero que ese volumen no sirve de nada si antes no se rompe esa costumbre de quedarse calladita. El oído está hecho para reconocer justo ese tipo de sonido como una alarma, aunque a mí, evidentemente, se me había quedado la alarma apagada.

Estar más atenta a lo que pasa alrededor cuando camino sola de noche es un tema aparte, uno que todavía estoy masticando y que no es el que me ocupa hoy. Lo mismo con eso de calmar los nervios antes de que el cuerpo se dispare solo: lo estoy aprendiendo, pero por separado. Cuando decidí cómo empezar a entrenar autodefensa si nunca has hecho artes marciales, pensé que iba a aprender a mover las manos, no a usar los pulmones. Terminé dándome cuenta de que sin la voz, todo lo demás se siente más torpe, más a medias.

Empecé en susurro, no en grito

Lo que aprendí por las malas es que intentar gritar con toda la fuerza desde el primer día es lo peor que se puede hacer. Una se cierra más. El instructor, con una paciencia que hasta me da un poco de envidia, me dijo que probara algo distinto: en lugar de buscar el volumen máximo, empezar susurrando. Sí, así de raro suena. Arranqué con un «no» casi inaudible, solo para sentir cómo vibraban las cuerdas vocales sin la presión de que alguien más escuchara.

Controlar la tensión antes de subir el volumen resultó ser lo importante. Si una intenta soltar un grito estando tiesa como palo de escoba, la voz se quiebra a medio camino. Poco a poco ese susurro se volvió una palabra hablada, después un tono de oficina, el mismo que uso cuando alguien me quita la engrapadora sin avisar, y finalmente algo más serio. Es una progresión bastante más amable que sentir que hay que dar un concierto de ópera de la nada, y no hace falta ser ninguna experta para notar la diferencia.

Ejercicios de voz que probé fuera de la clase de autodefensa

Una tarde cualquiera, en casa, decidí practicar por mi cuenta. La ducha resultó ser el mejor lugar del mundo para esto, porque el ruido del agua da una sensación de estar prácticamente invisible. También probé con la almohada, que suena a cliché de película pero ayuda a perderle el miedo a la sensación física de soltar el aire de golpe. Otro día subí hasta el Mirador de Sachaca a caminar un rato, y ahí, mirando el valle sin nadie cerca, probé a decir «no» primero en voz baja y después un poco más fuerte, solo para ver si el cuerpo respondía distinto fuera del salón de clases.

También até cabos con eso del diafragma. En algunas artes orientales hablan de tensar el centro del cuerpo para darle más fuerza al sonido, y sin volverme ninguna experta en nada de eso, entender que el grito sale de la barriga y no de la garganta me cambió bastante la forma de pararme. Me di cuenta de que eso ayuda mucho con la importancia del lenguaje corporal para evitar ser un blanco, aunque lo de pararse distinto y ocupar espacio con el cuerpo de otra manera es, en realidad, cuento aparte que da para su propio texto. Ese segundo en que una se queda congelada antes de reaccionar es pariente cercano de este mismo problema con la voz, aunque eso también merece su propia historia.

La semana en que el sonido por fin salió del pecho

Fue como para la semana seis que algo encajó, durante un ejercicio de estrés en el que alguien se acercaba demasiado en un espacio cerrado. En lugar de quedarme paralizada, solté un grito corto y seco desde el abdomen. Fue una vibración rara y potente en el pecho, la primera vez que el sonido salió directo desde el diafragma sin pasar por el filtro del miedo. Sentí la tensión de los hombros soltarse de golpe, como si hubiera bajado una mochila que llevaba cargando desde antes de acordarme.

El instructor asintió con aprobación y mi compañera de clase, la misma que siempre se pelea con sus pasadores, dejó de luchar con sus zapatos un segundo para mirarme. No fue un grito de película, fue algo mío, sin más. Esa misma noche llamé a mi mamá para hablarle de cualquier cosa, el tráfico, lo que había para cenar, nada en realidad, y no le conté que un rato antes me había sentido ridícula gritando delante de un puñado de desconocidos bajo ese tubo fluorescente que parpadea en la esquina del salón y que nadie se anima a cambiar. Nadie en esa clase habla de pelear en serio: la idea siempre es poder salir de la situación antes de que llegue a mayores, y eso es tema para otro día. Poner un límite físico sin sentir que una está exagerando es otro músculo aparte que también hay que entrenar, aunque tampoco es el que me ocupa en este texto.

Una lección que me llevo de todo esto

Todavía me pongo roja como tomate cada vez que me toca ser la primera en gritar en clase. Tengo una amiga que se graba clarísima cocinando comida regional para subir los videos a redes, tan suelta frente a cualquier cámara, y yo ahí, sudando la gota gorda por soltar una sola palabra fuerte delante de seis personas. Pero ya entiendo que la voz es una herramienta de seguridad tan válida como saber esquivar o poner una mano firme. No se trata de ponerse agresiva, se trata de reclamar el espacio propio.

Si estás empezando y sientes que la voz no sale, no te presiones. Arranca bajito, en la ducha, con la almohada, susurrando mientras caminas por la sala. Si algo me llevo de estas semanas es que la voz no se entrena gritando fuerte desde el primer día, se entrena despacio, en privado, hasta que el cuerpo deja de tratarlo como una alarma y empieza a tratarlo como algo propio. Sigo siendo la misma Paola de las hojas de cálculo, pero ahora, cuando camino de vuelta a casa, sé que si necesito que me escuchen, el sonido está ahí, listo para salir del pecho.

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