Defensa desde Cero

Ejercicios para superar el miedo a gritar en clases de autodefensa

Ejercicios para superar el miedo a gritar en clases de autodefensa

El día que mi voz decidió quedarse en la oficina

Un sábado por la tarde, en el gimnasio donde entreno aquí en Arequipa, el instructor se plantó frente a mí y me pidió un "¡No!" rotundo. Así, sin anestesia. Yo venía de una semana larga de hojas de cálculo y correos educados, y de pronto, sentí que el aire se me quedaba atrapado en los pulmones. Lo que salió fue un susurro que me dio una vergüenza terrible, como si hubiera intentado asustar a un gato y el gato se hubiera reído de mí. Fue ese nudo frío en el estómago y la sequedad repentina de la lengua cuando todos en la clase guardan silencio esperando mi reacción lo que me hizo darme cuenta de que estaba más bloqueada de lo que pensaba.

Llevo unos seis meses en esto, desde principios de este año, y aunque ya no me tropiezo tanto como mi compañera (que la pobre tiene un imán para los cordones desatados, de verdad, el instructor tiene una paciencia de santo), lo de la voz sigue siendo mi talón de Aquiles. He pasado años caminando a casa después del trabajo intentando ser invisible, y parece que mi cuerpo aprendió la lección demasiado bien. Para que el sonido salga, tienen que coordinarse casi 100 músculos involucrados en la fonación y la respiración, pero los míos estaban de huelga.

Primer plano de una mano sosteniendo una botella de agua en un gimnasio de autodefensa.

Por qué nos cuesta tanto hacer un poco de ruido

Hace unos cuatro meses empecé a investigar por qué me pasaba esto. Resulta que no es solo que yo sea tímida (que lo soy, y mucho). Hay un peso cultural enorme en eso de no "hacer una escena". En la oficina, si alguien me molesta, bajo la cabeza. En la calle, si alguien se acerca demasiado, acelero el paso pero no digo nada. El instructor me explicaba que un grito humano puede alcanzar entre 80 a 120 dB, lo cual es muchísimo, pero para llegar ahí tienes que romper una barrera mental que te dice que gritar está mal.

Lo curioso es que el oído humano es súper sensible a las frecuencias de entre 2,000 a 5,000 Hz, que es justo donde cae un grito de alerta. Es un sistema de alarma natural que tenemos todos, pero que yo tenía apagado. Al principio, cuando decidí cómo empezar a entrenar autodefensa si nunca has hecho artes marciales, pensé que aprendería a mover las manos, no a usar los pulmones. Pero resulta que tu voz es tu primera línea de defensa, y si no sale, el resto tampoco funciona igual de bien.

El secreto de empezar bajito (mi técnica del susurro)

Aquí es donde viene lo que aprendí por las malas: intentar gritar con toda tu fuerza desde el primer día es lo peor que puedes hacer. Te cierras más. El instructor, con esa calma que me da hasta envidia, me dijo que probara algo distinto. En lugar de buscar el volumen máximo, empecé susurrando. Sí, así de raro suena. Empecé con un "no" casi inaudible, solo para sentir cómo vibraban las cuerdas vocales sin la presión de que alguien me escuchara.

Controlar la tensión antes de subir el volumen es clave. Si intentas soltar un rugido cuando estás tiesa como un palo, la voz se te quiebra. Poco a poco, ese susurro se convirtió en una palabra hablada, luego en un tono de oficina (el que uso cuando alguien me quita la engrapadora), y finalmente en algo más serio. Es una progresión mucho más amable que sentir que tienes que dar un concierto de ópera de la nada. Por cierto, no soy experta ni nada parecido, solo soy Paola la de la oficina que no quiere ser un blanco fácil, así que siempre es mejor que consulten con profesionales si sienten que el bloqueo es muy fuerte.

Ejercicios que hice entre la ducha y la almohada

Un sábado por la mañana el mes pasado, decidí que iba a practicar en casa. La ducha es el mejor sitio del mundo para esto porque el ruido del agua te da como una capa de invisibilidad. También probé con la almohada, que suena a cliché de película, pero funciona para perderle el miedo a la sensación física de soltar el aire de golpe. Aprendí que en situaciones de estrés, usar palabras cortas y directas como "¡FUEGO!" o "¡NO!" es mucho más efectivo que un grito sin sentido. La palabra "fuego" hace que la gente mire, aunque no haya humo, porque rompe ese efecto de que nadie quiere meterse en problemas ajenos.

Incluso jugar con el diafragma ayuda. En las artes orientales hablan de algo llamado 'kiai', que básicamente es tensar el core para proteger tus órganos y darle fuerza al sonido. No es que yo me haya vuelto una experta en karate, ni mucho menos, pero entender que el grito viene de la barriga y no de la garganta me cambió la vida. Me di cuenta de que eso ayuda mucho con la importancia del lenguaje corporal para evitar ser un blanco, porque si caminas con miedo, tu voz también suena encogida. Si plantas los pies, el aire tiene de dónde salir.

La primera vez que sentí el trueno en el pecho

Después de tres clases seguidas practicando esto, hubo un momento durante un ejercicio de estrés que todo encajó. Estábamos simulando que alguien se acercaba demasiado en un espacio cerrado. En lugar de quedarme en blanco, solté un grito corto y seco desde el abdomen. Fue una vibración extraña y potente en el pecho la primera vez que el sonido salió directamente desde el diafragma sin pasar por el filtro del miedo. Sentí cómo la tensión en mis hombros se liberaba de golpe, como si hubiera soltado una mochila llena de piedras que llevaba cargando desde que salí de la universidad.

El instructor finalmente asintió con aprobación y mi compañera, la que siempre se tropieza, hasta dejó de pelearse con sus zapatos un segundo para mirarme. No fue un grito de película, fue algo real, algo mío. Gritar durante un esfuerzo físico intenso puede aumentar la generación de fuerza momentánea porque despierta a tu sistema nervioso, y de repente me sentí más sólida, más presente en el gimnasio de Arequipa y menos como una sombra que pide permiso para existir.

Reflexiones de una principiante que todavía se pone roja

Todavía me pongo roja como un tomate cada vez que me toca ser la primera en gritar en clase, no les voy a mentir. Pero ahora entiendo que mi voz es una herramienta de seguridad tan importante como saber esquivar o poner una mano firme. No se trata de ser agresiva, se trata de reclamar tu espacio. A veces, después de las clases de los sábados, me quedo pensando en lo mucho que nos enseñan a callar y lo poco que nos entrenan para hacernos oír.

Si estás empezando y sientes que la voz no te sale, no te presiones. Empieza bajito, en la ducha, con la almohada o susurrando mientras caminas por tu sala. Es un proceso de reconexión con una parte de ti que quizás habías olvidado para encajar en la oficina o para no molestar a nadie. Yo sigo siendo la misma Paola que hace hojas de cálculo, pero ahora, cuando camino a casa y el sol se oculta tras el Misti, sé que si necesito que me escuchen, el sonido está ahí, listo para salir desde el pecho.

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