Defensa desde Cero

Secretos para detectar situaciones de riesgo en la calle a tiempo

Mujer caminando de noche atenta a su entorno, ejemplo de autodefensa femenina y prevención de riesgos

Bajar la mirada no es lo mismo que estar a salvo, aunque durante años hubiera jurado que sí. Esa fue la primera creencia que se me cayó cuando entré a las clases de autodefensa femenina de los sábados: toda la vida pensé que hacerme pequeña, ir con los ojos clavados en el suelo y no llamar la atención, era la manera correcta de cruzar la ciudad. Resulta que es exactamente al revés. Lo que en clase llaman conciencia situacional no es un radar especial ni un sexto sentido: es, ante todo, mantener los ojos arriba el tiempo suficiente para notar lo que cambia, que es la base real de cualquier prevención de riesgos y de la seguridad personal de las que tanto se habla y tan poco se explica. Ese es, para mí, el verdadero secreto detrás de detectar un riesgo a tiempo: no tiene nada de misterioso, y sin embargo casi nadie lo dice así de simple.

Trabajo de oficina en Arequipa, y el trayecto de vuelta a casa fue durante años ese momento del día que más me pesaba. No me inscribí porque quisiera aprender a pelear — de hecho todavía se me traba la respiración cuando el instructor pide que alcemos la voz frente al grupo — sino porque estaba cansada de sentir que cualquiera podía notar, con solo verme caminar, que yo era un blanco fácil.

El mito de la mirada baja

Existe una idea muy instalada de que pasar desapercibida te protege: cabeza gacha, paso rápido, ocupar el menor espacio posible. La entiendo, porque viví así mucho tiempo. Pero cuando bajas los ojos dejas de leer la calle, y para cuando algo te incomoda ya lo tienes encima. La corrección que aprendí no tiene truco: se trata de sostener la mirada al frente, no de vigilar a todo el mundo con sospecha, solo de no desconectarte de lo que pasa alrededor.

Mi compañera de oficina, Lizbeth, me mandó un audio de casi tres minutos la primera vez que le conté esto — ella odia escribir, siempre prefiere una nota de voz larguísima antes que un mensaje de texto — y se reía preguntando cómo algo tan obvio nos había tomado tanto tiempo entender. Tiene razón en parte: suena obvio dicho así, pero a mí nadie me lo había explicado antes con esas palabras.

Mano de mujer sosteniendo llaves dentro del bolsillo de un abrigo de invierno, gesto de seguridad personal al caminar sola

La conciencia situacional no espera a que el miedo grite fuerte

Otra idea que corregí fue pensar que el peligro solo cuenta si el miedo llega con fuerza, con el corazón acelerado y la certeza de estar en problemas. En la práctica, la señal casi siempre es más callada: una incomodidad chiquita que se descarta enseguida porque no se parece a lo que vemos en las películas. Aprender a tomarme en serio esa incomodidad, sin esperar a que se vuelva pánico, fue más útil que cualquier otra cosa que probé.

Calmar el cuerpo antes de salir a caminar ayuda a distinguir esa señal de la ansiedad de fondo. Los niveles de alerta que se manejan en clase para eso ya los conté con calma en otro texto: lo que de verdad me dio más calma al caminar sola de noche tras años de miedo entra en ese detalle, así que aquí no lo repito.

A veces el cuerpo se congela un segundo entero antes de reaccionar, y durante mucho tiempo pensé que eso significaba que algo andaba mal conmigo; ahora sé que es solo una fase que pasa, no una falla.

Llamar por teléfono no me hizo más segura

Durante mucho tiempo, cuando caminaba de noche, llamaba a alguien por teléfono nada más para no sentirme sola en la calle. Pensaba que la voz de otra persona en el oído era una especie de escudo. No funcionó: estaba tan metida en la conversación que dejé de fijarme en quién cruzaba detrás de mí, en qué auto tenía las luces prendidas, en si alguien cambiaba de vereda al mismo tiempo que yo. El teléfono me hacía compañía, pero también me apagaba el radar justo cuando más lo necesitaba.

Manual de entrenamiento con niveles de conciencia situacional usado en una clase de autodefensa femenina

En el grupo de principiantes hay una compañera, Damaris, que carga una botella de agua del tamaño de un termo industrial y que el primer sábado juraba que se había anotado a una clase de pilates. Verla ahí, tan perdida como yo al principio, me recordó que no hace falta llegar con experiencia ni condición física para empezar; alcanza con presentarse, aunque sea con la botella equivocada.

El instructor repite tanto que la meta nunca es plantarse a discutir o a pelear, sino salir de la situación lo antes posible, que ya se me quedó grabado como un reflejo de sentido común. De a pocos también aprendí a poner un límite físico simple, sin sentir que estaba exagerando ni pidiendo disculpas por ocupar mi espacio.

Aprender a sostener la mirada en el Parque Selva Alegre

Hay una tarde que tengo grabada con más claridad que las demás. Cruzaba el Parque Selva Alegre y, en lugar de bajar la vista como hacía siempre frente a un grupo de desconocidos, la sostuve al frente, sin desviarla. No pasó nada dramático — nadie me siguió, nadie me habló — pero fue la primera vez que sentí que estaba viendo la calle en vez de solo atravesándola.

De esa tarde me quedé con una regla que uso desde entonces: si algo me da ganas de bajar los ojos por vergüenza o incomodidad, ese es justo el momento de mantenerlos arriba un segundo más, el tiempo suficiente para confirmar qué fue lo que los quiso bajar. No hace falta un curso entero ni un instructor al lado para practicar eso; alcanza con acordarse la próxima vez que la calle se sienta un poco rara.

Sigo yendo a esas clases de los sábados y sigo tropezándome con mis propios pies en los ejercicios de desplazamiento, así que esto no es ninguna lección bajada desde un pedestal. Es solo lo que a mí me sirvió, y lo comparto por si a alguien más le ahorra el tiempo que yo perdí mirándome los zapatos.

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