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Secretos para detectar situaciones de riesgo en la calle a tiempo

Secretos para detectar situaciones de riesgo en la calle a tiempo

A veces, cuando salgo de la oficina en el centro de Arequipa, el aire frío me pega de golpe y me recuerda que ya es de noche. No sé si les pasa, pero durante años, ese trayecto de la calle Mercaderes hacia el paradero era un nudo constante en el estómago. Caminar a 2335 metros de altitud debería hacerme sentir poderosa, cerca del cielo, pero yo solo me sentía pequeña. Por eso, a mediados de diciembre, casi por impulso, me inscribí en esas clases de los sábados. No buscaba un cinturón negro (¡con lo torpe que soy, me tropezaría con él!), solo quería dejar de sentirme como un blanco fácil.

La verdad es que mis primeros días fueron un caos de risas nerviosas. Hay un chico en mi clase que es todavía más distraído que yo, lo cual ya es decir, y ver al instructor explicarnos las cosas con esa paciencia infinita me da una ternura... Pero bueno, lo que les quería contar hoy no tiene nada que ver con llaves de brazo ni golpes de película. Tiene que ver con lo que pasa antes de que nada ocurra. El instructor siempre dice que el mejor 'secreto' es no estar ahí cuando el problema llega.

La línea de base: El secreto de lo normal

En una de las clases de hace unas pocas semanas, aprendimos algo que me voló la cabeza: la 'línea de base'. Resulta que para detectar un riesgo, primero tienes que saber qué es lo normal en el lugar donde estás. Si caminas por una calle comercial a las seis de la tarde, lo normal es el ruido, la gente apurada y los vendedores gritando. Si de pronto ves a alguien que no se mueve, que solo observa sin un propósito claro, esa es una anomalía.

Al principio yo pensaba que tenía que estar paranoica mirando a todo el mundo, pero no. Se trata de entender el ritmo de la calle. Es como cuando escuchas tu canción favorita y alguien desafina; lo notas al toque. El instructor nos hace practicar esto mirando por la ventana del salón. Yo todavía me pongo nerviosa y, cuando me pide que grite '¡No!' para marcar mi espacio, mi garganta se cierra y solo sale un susurro ronco, como si tuviera un nudo de lana atorado. Es frustrante, pero ahí vamos, poco a poco.

Mano de mujer sosteniendo llaves dentro del bolsillo de un abrigo de invierno

El mito de la intuición y los colores de la mente

Aquí viene la parte que me hizo pensar mucho. Siempre nos dicen 'confía en tu intuición', ¿verdad? Pues el instructor nos dio un baño de realidad: a veces la intuición nos engaña porque estamos llenas de sesgos o miedos que no son reales. Confiar ciegamente en una 'corazonada' puede hacernos ignorar peligros reales o ver amenazas donde no las hay. Por eso, nos enseñó los niveles del Código de Colores de Cooper, que son básicamente 4 niveles de alerta mental.

El truco es vivir en amarillo. No es agotador si te acostumbras. De hecho, me di cuenta de que lo que de verdad me dio más calma al caminar sola de noche tras años de miedo no fue aprender a golpear, sino entender estos niveles. Ojo, no soy ninguna experta ni psicóloga, solo soy una secretaria que toma apuntes en una libreta con brillitos, así que si sienten que el miedo las paraliza, siempre es bueno consultar con un profesional o alguien que sepa de manejo de estrés.

Usando mis 210 grados de seguridad

Un sábado por la tarde, después de la tercera clase, puse en práctica lo de la visión periférica. ¿Sabían que el campo de visión periférica humana alcanza casi los 210 grados? Es una locura. No necesitas girar la cabeza como el exorcista para saber qué pasa a tus lados. Yo iba caminando por la calle, sintiendo el tacto frío de las llaves apretadas dentro del bolsillo de mi abrigo, observando las sombras largas que se proyectan en los muros de sillar.

En lugar de mirar mis zapatos, como hacía siempre, relajé la mirada. Vi a un grupo de gente más allá, vi un auto estacionado con las luces prendidas... y noté a alguien caminando exactamente a mi mismo ritmo, pero un poco atrás. No entré en pánico. Simplemente usé esos 210 grados para confirmar que no era solo mi imaginación. Crucé la calle antes de que la esquina se volviera más oscura. No pasó nada, quizás solo era alguien apurado, pero el hecho de haberlo detectado a tiempo me hizo sentir que, por fin, yo tenía el control de mi caminata.

Manual de entrenamiento sobre el código de colores de conciencia situacional en un gimnasio

Pequeños pasos de gigante

A veces me siento un poco tonta escribiendo esto, como si estuviera descubriendo la pólvora. Pero para alguien que siempre vivió con el 'radar' apagado por miedo a lo que pudiera encontrar, estos pequeños cambios son enormes. Ya no voy por la vida en nivel blanco, pero tampoco me quedo en rojo porque, como dice el instructor, la conciencia situacional se agota físicamente; es imposible vivir asustada todo el tiempo.

Todavía me falta mucho. Sigo siendo la que se enreda con sus propios pies en los ejercicios de desplazamiento y la que se pone roja como un tomate cuando tiene que llamar la atención en clase. Pero ya no me siento como un blanco fácil. Si alguna de ustedes está pensando en meterse a algo así, háganlo. No necesitan ser atletas. Yo empecé desde cero absoluto y aquí estoy, aprendiendo a ver la calle con otros ojos. Al final, detectar el riesgo a tiempo es el mejor escudo que podemos cargar, mucho más que cualquier técnica de combate que todavía no me sale.

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