
Una tarde cualquiera al salir de la oficina aquí en Arequipa, sentí ese frío familiar en la nuca. Ya saben de lo que hablo, ¿no? Es ese ruidito de pasos que, de repente, parece que rítmicamente coinciden con los tuyos bajo la luz tenue de los faroles. El aire a esta altitud, unos 2,335 metros sobre el nivel del mar, ya es lo suficientemente delgado como para que te falte el aliento, pero en ese momento sentí que mis pulmones simplemente se declaraban en huelga. Me acomodé la bufanda, sintiendo su roce áspero contra la barbilla, y contuve la respiración un segundo solo para escuchar mejor. Efectivamente, ahí estaban: tac, tac, tac.
Antes de seguir con mi pequeño drama de suspenso, les suelto una verdad de esas que nos decimos entre amigas: en este diario van a encontrar algunos enlaces de afiliado. Si alguno de los cursos que menciono les da curiosidad y deciden comprarlo, a mí me llega una pequeña comisión y a ustedes el precio no les sube ni un sol. Solo les cuento lo que de verdad he ido probando en mis clases torpes de los sábados y en mis ratos libres. Si algo no me convence, se los diré clarito, como siempre. Yo no soy ninguna experta cinturón negro, solo soy Paola intentando no ser un blanco fácil.
El miedo de siempre y el nudo en la garganta
Llevo meses en esto. Desde finales del año pasado, más o menos, decidí que ya estaba bien de caminar como si pidiera permiso al suelo. Pero, a pesar de las clases de los sábados, sigo siendo esa alumna que se queda en blanco cuando el instructor, con una paciencia que ya quisiera yo para mis hojas de Excel, nos pide que gritemos un ‘¡NO!’ que retumbe en toda la sala. Se me forma ese nudo seco en la garganta que me quita la voz, transformándose en una determinación silenciosa que solo se siente en mis pies.
Esa noche de lluvia reciente, mientras caminaba a casa, me di cuenta de que mi velocidad promedio de caminata, que suele ser de unos 5 kilómetros por hora, se estaba volviendo errática. Mi primer instinto fue correr hacia la avenida más concurrida, pero entonces recordé algo que había estado viendo en un curso online llamado 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros. A veces, lanzarse a una multitud es como meterse en un cuello de botella donde pierdes de vista quién está realmente detrás de ti. Es contraintuitivo, lo sé, pero el curso me enseñó que es mejor buscar un espacio un poco más abierto donde tú tengas el control visual.

Lo que aprendí sobre no ser una víctima asustada
En mi clase de los sábados hay una chica, que es todavía más despistada que yo (si es que eso es posible), que siempre intenta mirar hacia atrás girando todo el cuerpo. El instructor siempre se ríe y le dice: ‘¡No le des tu perfil completo!’. Lo que aprendí en los videos de Secretos Callejeros es mucho más sutil. Usé el reflejo de un escaparate de una tienda de telas para confirmar la amenaza sin romper mi paso. No quería parecer una gacela asustada, sino alguien que simplemente tiene un plan.
Uno de los consejos que más me sirvió fue el de cambiar el ritmo. Si caminas a 5 km/h y de repente aceleras un poco, y la persona de atrás también lo hace, ya no son imaginaciones tuyas. Es una confirmación. En ese momento, en lugar de entrar en pánico, apliqué lo que llaman ‘conciencia situacional’. No se trata de saber pelear como en las películas, sino de mejorar la conciencia situacional al caminar a casa para no terminar en un callejón sin salida emocional o físico.
El mito de los lugares concurridos
Aquí viene lo que me voló la cabeza: a veces, buscar la multitud es un error. Si te metes en una calle llena de gente, el que te sigue puede acercarse mucho más sin que lo notes. El curso sugiere que, si sientes que el peligro es real, es preferible forzar una confrontación (visual o de distancia) en un lugar donde no te sientas acorralada. Yo elegí cruzar la calle hacia una plaza pequeña pero iluminada. Quería espacio para correr si era necesario, no un montón de gente estorbando mi salida.
Es curioso cómo cambia la perspectiva. Antes, mi única defensa era apretar las llaves en el puño hasta que me dolía la palma. Ahora, entiendo que la importancia del lenguaje corporal es clave. Esa noche, enderecé la espalda. No para pelear, sino para decir: ‘Te veo, sé que estás ahí y no soy un blanco fácil’.
¿Realmente sirven estos secretos?
Mucha gente me pregunta si un curso en video realmente ayuda. A ver, yo no soy profesional de la salud ni experta en seguridad titulada, así que si sienten que están en un peligro constante, por favor, hablen con las autoridades o busquen un profesional. Pero para alguien como yo, que se bloquea con facilidad, tener estos 21 puntos anotados mentalmente es como tener un mapa en la niebla. El curso tiene una calificación de 4.5, y entiendo por qué: no te vende que vas a ser Bruce Lee, te vende que vas a llegar a tu casa a cenar tranquila.
Por ejemplo, aprendí que evitar asaltos en la ciudad empieza mucho antes de que alguien te ponga la mano encima. Esa noche, cuando llegué a la plaza, me detuve en seco, saqué mi celular (fingiendo una llamada, otro truco clásico que el instructor de los sábados siempre nos corrige para que sea creíble) y miré directamente hacia donde venían los pasos. La persona, al ver que yo ya no estaba ‘en su ritmo’, simplemente cruzó la calle y se perdió de vista. Quizás no era nada, o quizás mis pies por fin aprendieron a hablar por mí.
Si nunca has hecho artes marciales, como yo, te recomiendo mucho mirar cómo empezar a entrenar autodefensa desde casa. A veces, ver el video un martes por la noche después de un día pesado en la oficina te da esa pequeña dosis de confianza que necesitas para el sábado siguiente no quedarte tan callada en clase.
Reflexiones de una principiante con zapatos cómodos
Al final, llegué a mi casa, solté las llaves y me senté un rato a respirar ese aire frío de Arequipa. Me di cuenta de que la autodefensa no es solo dar golpes (que todavía me salen bastante flojos, para ser honesta). Es tener un plan mental claro. El material de 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros me dio herramientas que no requieren fuerza física, sino astucia. Es ideal porque, seamos sinceras, la mayoría de nosotras no tenemos tiempo para ir al gimnasio cinco veces por semana a practicar llaves complicadas.
Si estás cansada de sentir que caminas con el corazón en la boca, dale una mirada a estos recursos. No te van a dar un título de maestra, pero te van a dar algo mucho mejor: la capacidad de volver a confiar en tus instintos. Y si alguna vez te sientes torpe en una clase, acuérdate de mí y de mi compañera de los sábados; siempre hay alguien que lo hace un poquito peor, y eso también está bien. Lo importante es no quedarse quieta.
¿Te ha pasado alguna vez que sientes que alguien te sigue? No es una sensación bonita, pero tener una estrategia cambia todo el juego. Si quieres empezar con algo práctico y directo, te invito a revisar los 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros. A mí me ayudó a que ese nudo en la garganta se convirtiera en pasos firmes, y creo que a ti también te puede servir para caminar un poco más ligera, incluso en las noches de lluvia.