Defensa desde Cero

Movimientos de defensa personal para mujeres sin mucha fuerza física

Mujer practicando defensa personal femenina sin fuerza física en una clase de principiantes

La botella de agua de Damaris pesa más que mi cartera de toda la semana, y aun así la trae a cada clase de defensa personal femenina sin quejarse ni una vez. Antes de seguir, una cosa honesta: en este texto hay enlaces de afiliado, y si compras un curso desde alguno me llega una comisión sin que a ti te cueste nada extra. Solo hablo de lo que de verdad probé entre las torpezas del grupo de principiantes.

Cuando me apunté pensaba que sin fuerza no había nada que hacer, que la defensa personal era terreno de brazos grandes y años de gimnasio. Es el mito que más escucho todavía entre quienes recién empiezan, y es completamente falso: lo que importa no es cuánto levantas en el banco de pesas, sino el ángulo y el peso que pones detrás de un movimiento, pura técnica sin fuerza bruta de por medio. La biomecánica es mucho más generosa con nosotras de lo que yo creía antes de entrar la primera vez.

El mito de la fuerza en la autodefensa femenina

Ser principiante total, sin haber pisado nunca un tatami ni saber diferenciar un golpe de una patada, cambia por completo cómo miras esto al principio. Nadie te dice que la mayoría del salón llega igual de perdida, y que eso no tiene nada que ver con el músculo que traigas puesto. Fue mi compañera de oficina, Lizbeth, quien me mandó el enlace a un curso online una tarde cualquiera y después juró que no había sido ella, típico de ella, prefiere mandar audios de voz a escribir cualquier cosa.

Así llegué a curiosear 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros, que reviso en casa cuando no tengo con quién practicar entre semana. Es un enfoque de calle, sin medallas ni cinturones, pensado para quien solo quiere llegar tranquila a su departamento sin pasar el susto de siempre.

Detalle de las manos en una técnica sin fuerza durante una práctica de defensa personal para principiantes

Defenderse no es pelear

Nadie en la clase habla de ganar una pelea, y con el tiempo entendí por qué: el objetivo real es salir de la situación lo antes posible, no quedarte a demostrar nada. Ese instante en que el cuerpo se congela y no responde es otro asunto aparte, uno que no se arregla solo con fuerza de voluntad ni con ganas de moverte.

La voz cuenta como defensa tanto como cualquier movimiento de manos, aunque ahí sí que me costó al principio, se me trababa en la garganta cada vez que tocaba practicarlo. Si te pasa igual, hay ejercicios para superar el miedo a gritar en clases de autodefensa que ayudan más de lo que uno esperaría, y no piden ni un gramo de músculo.

Leer la sala antes de que pase algo

Antes de cualquier técnica está la costumbre de simplemente mirar alrededor, algo que en el fondo es puro hábito de atención situacional y buena seguridad personal, no talento especial. Calmar el cuerpo antes de que la cabeza se dispare tiene más que ver con respirar despacio y bajar los hombros que con cualquier movimiento de brazos.

La forma en que caminas, con los hombros sueltos y la barbilla al frente, dice tanto de ti a un desconocido como cualquier golpe que nunca vas a dar. Mucho antes de esto compré un silbato de emergencia, de esos que se enganchan al llavero, y la verdad nunca supe si de verdad serviría de algo en el momento, se quedó colgado, sin que lo probara jamás fuera de la casa.

El límite físico que nadie te enseña a poner

Poner un límite físico, como una mano firme en el aire o un paso al costado que corta la distancia, sin sentir que estás siendo grosera es otro aprendizaje que no tiene nada que ver con la fuerza que tengas. Si estás pensando en dar el paso, va bien revisar cómo empezar a entrenar autodefensa si nunca has hecho artes marciales, sobre todo si nunca antes entrenaste nada, como me pasaba a mí.

Hace poco, haciendo cola en el banco, noté que tenía los pies plantados distinto, uno un poco adelante del otro, el peso repartido sin que lo hubiera decidido a propósito, y ahí entendí que algo sí había cambiado, aunque no supiera ponerle nombre en ese momento. Si andas dándole vueltas a algo parecido, mi experiencia con los secretos para vencer a agresores callejeros puede darte una idea de por dónde empezar sin sentir que te falta condición física.

Escribo esto en la mesa de la cocina de mi departamento en Yanahuara, con el hule ya pelado en las puntas y la manzanilla enfriándose porque me olvido de tomarla a tiempo; la silla sigue coja, calzada con el mismo papel doblado de siempre, y por la ventana solo se ve el muro blanco de sillar de la casa de al lado. No soy instructora ni profesional de la seguridad, así que antes de intentar nada de esto habla con alguien certificado, yo solo cuento lo que viví entre semana y semana. El mito de la fuerza se cae solo apenas empiezas: lo que de verdad cambia las cosas es la calma, la voz y saber cuándo irte, no los músculos que no tengo.

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