
En la parada del bus alguien se paró más cerca de lo normal. Cambié de sitio sin pensarlo, sin pedir permiso ni mirar atrás, y solo después até cabos: eso era justo la distancia de seguridad personal de la que tanto habla mi curso de autodefensa para principiantes.
Antes de seguir, la parte menos entretenida pero necesaria: aquí abajo hay enlaces de afiliado. Si te animas a probar algún curso desde uno de ellos, a mí me llega una comisión por el dato, y a ti no te cuesta ni un centavo extra. Tampoco soy instructora certificada ni experta en seguridad ni en nada parecido: soy Paola, sigo yendo a mis clases de los sábados y a veces recurro al curso online cuando en persona me da vergüenza preguntar. Si algo de esto te genera dudas serias, mejor habla con alguien cualificado de verdad.
La realidad de la distancia de seguridad
La distancia de seguridad no es un número fijo de pasos ni algo que se mida con cinta métrica. Es más una pregunta que una se hace sola, casi sin darse cuenta: si esta persona diera dos pasos hacia mí ahora mismo, ¿tengo hacia dónde moverme? Camino casi todos los días por la avenida Ejército, entre paredes de sillar blanco que de noche se ven más grises que blancas, y ahí es donde más pienso en esto.
Fue buscando esa idea, y no una patada bien dada, que llegué al curso 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros, que ahora reviso entre semana para complementar mis clases presenciales de los sábados. Tiene mejores valoraciones que la mayoría de cursos parecidos que revisé antes de decidirme, y se enfoca en prevención, no en aprender a pelear.
Antes de esto probé otras cosas por mi cuenta. Me descargué una aplicación de seguridad personal que prometía avisar a mis contactos con solo tocar un botón, y a la semana ya ni me acordaba de que existía en el celular. Aprender a leer distancia y espacio, en cambio, no depende de que me acuerde de abrir nada: una vez que lo entiendes, lo llevas puesto todo el tiempo, aunque suene raro decirlo así.

La prevención callejera empieza por leer el entorno
Notar el entorno es distinto de ir tensa por la calle con los hombros duros, revisando cada esquina como si fuera una amenaza. Cómo calmar el cuerpo para pensar con más claridad y cómo estar alerta al caminar por la calle sin sentir tanta paranoia son temas que ya desarrollé en otra entrada, así que aquí me quedo solo con la parte de la distancia.
El mito de alejarse todo lo posible
Durante meses creí que la regla de oro era simple: ver algo raro, cruzar la calle, poner tierra de por medio, cuanto más lejos mejor. Aprendí que no siempre funciona así. Si te metes al medio de la pista para alejarte de todos, puede que termines sin ningún punto de apoyo cerca, sin pared, sin vitrina, sin nada a lo que acercarte si hace falta reaccionar rápido.
El curso me sirve para complementar mis clases presenciales de un modo que no esperaba: ahí entendí que la distancia útil es la que te deja reaccionar, no la que se mide en metros exactos. Una vereda vacía no pide lo mismo que la fila de un paradero con diez personas apretadas — ahí no se trata de estar lejos, se trata de estar donde puedas moverte.

Ajustar el paso, la mirada y el lugar
Me preguntan seguido por la voz, por cómo poner un límite físico sin sentir que una está exagerando, por qué hacer si notas que alguien te sigue varias cuadras, o por usar lo que llevas en la mochila si la cosa se complica. Cada uno de esos temas ya tiene su propia entrada y no quiero mezclarlos aquí, porque esto es solo sobre el espacio.
Mi vecina Suyai, que vive justo arriba y tiene la entrada de su departamento llena de suculentas, bajó el otro día a pedirme sal y de paso me preguntó si esto de la distancia se nota en la calle o solo queda en la cabeza. Le dije que se nota en el paso: cuando dejas de caminar pegada a la pared por miedo y empiezas a caminar donde de verdad tienes margen, cambia hasta la forma de pisar.
Lo del cuerpo que se congela sin avisar, lo de priorizar salir antes que discutir con nadie, lo de usar la postura para parecer más segura sin tener más fuerza, y lo torpe que una se siente la primera vez que prueba algo de esto son otras historias que ya conté en otro lado. Aquí me quedo con la distancia, que es lo que más uso en el trayecto diario de la oficina a la casa.

Lo que sí probé y lo que no funcionó
Bertina, una lectora que me escribe desde Cochabamba casi después de cada entrada que publico, una vez me preguntó si el curso enseñaba a pelear. Sus mensajes siempre suenan como si la frase se quedara corta, como si le faltara terminarla, y ese en particular lo entendí perfecto: no, no enseña a pelear, y ahí es donde mucha gente se decepciona si busca otra cosa.
Lo bueno del curso es que no promete patadas voladoras: se enfoca en prevención y en leer situaciones, que era justo lo que me faltaba después de tantas clases prácticas. Lo que no me convenció tanto es que, al ser un curso en video, no reemplaza para nada tener a alguien presencial corrigiéndote la postura, y tampoco entra en los límites legales de usar la fuerza, que cambian según el país — y ahí prefiero no dar consejos que no me corresponden.
Si te vas a quedar con una sola idea de todo esto, que sea esta: deja de contar pasos y empieza a fijarte en si tienes por dónde moverte. Un lugar con un punto de apoyo cerca vale más que una calle vacía diez pasos más lejos. Eso, al menos en mi trayecto, cambió más las cosas que cualquier número que me hubiera aprendido de memoria, y en el fondo esto también es bienestar: caminar tranquila por tu propia ciudad.
A quien le dé la misma vergüenza que a mí eso de empezar de cero frente a otras personas, le sirve este método de 21 secretos como una forma tranquila de entender la teoría antes de pisar un salón de clases.
Y si quieres entender por qué vale la pena meterse en esto aunque los primeros pasos sean torpes, dejo por aquí por qué aprender autodefensa mejora la confianza — a mí, al menos, me cambió la forma de caminar por mi ciudad.