Defensa desde Cero

Por qué aprender autodefensa personal mejora la confianza al caminar sola

Por qué aprender autodefensa personal mejora la confianza al caminar sola

Esa tarde de invierno en el centro de Arequipa, justo cuando el sol se esconde detrás del Misti y empieza ese frío que te cala los huesos, sentí otra vez ese nudo en el estómago. Caminar hacia mi casa, a unos 2,335 metros de altitud donde el aire ya de por sí se siente cortito, solía ser una maratón de nervios. Siempre con la llave entre los dedos, apretando el bolso como si fuera un salvavidas y revisando mi hombro cada diez pasos. Antes de seguir contándote cómo dejé de ser una estatua de sal cada vez que escuchaba pasos detrás de mí, tengo que ser honesta: por aquí vas a encontrar algunos enlaces de afiliado. Si algún curso te convence y lo compras a través de ellos, a mí me llega una pequeña comisión y a ti el precio no te cambia nada. Todo lo que menciono es porque lo he curioseado o usado en mis clases torpes de los sábados; si algo no lo he tocado, te lo diré clarito.

La verdad es que no soy una experta. No tengo cinturones de colores, ni medallas, ni pretendo dar clases de nada. De hecho, soy la alumna más despistada de mi grupo de los sábados. Hay un chico, bendito sea, que es todavía más patoso que yo y siempre se olvida de qué pie va adelante, lo que me hace sentir un poquito menos mal cuando el instructor suspira con esa paciencia infinita que tiene. Pero hace unos meses, después de años de sentirme un blanco fácil, me apunté a un taller de autodefensa para principiantes. Cómo empezar a entrenar autodefensa si nunca has hecho artes marciales era exactamente lo que necesitaba leer antes de dar el paso, porque mi mayor miedo era parecer ridícula.

El día que mi voz se quedó atrapada en la garganta

Uno de mis momentos más frustrantes (y ahora que lo pienso, algo cómicos) fue durante una de las primeras clases. El instructor, que tiene una calma que ya quisiera yo para mis lunes en la oficina, nos pidió que camináramos por la sala y que, ante una simulación de acercamiento, gritáramos un '¡No!' rotundo que se escuchara en todo el edificio. ¿Sabes qué salió de mi boca? Un susurro ahogado, una cosa pequeñita que daba más pena que miedo. Me sentí ridícula. El olor a caucho de las colchonetas y el frío que se colaba por la ventana del gimnasio parecían burlarse de mi falta de autoridad. Mi monólogo interno era una fiesta de dudas: '¿Realmente necesito saber cómo zafarme de un agarre o solo estoy siendo paranoica?'.

Manos de mujer sosteniendo un cuaderno de notas sobre una colchoneta de gimnasio

Pero ahí entendí algo fundamental. La autodefensa no empieza con un golpe, empieza con el derecho a ocupar espacio. Si no podía ni gritar en un entorno seguro con colchonetas, ¿cómo iba a reaccionar en una calle oscura de Yanahuara? Fue entonces cuando, entre clase y clase, decidí buscar algo de apoyo teórico para mi casa. Encontré el curso 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros. Lo que me gustó es que tiene una valoración de 4.5 por parte de otros usuarios, y para alguien como yo, que prefiere procesar las cosas a solas antes de lanzarse al ruedo, fue un salvavidas. No te enseña a ser Bruce Lee, te enseña a entender qué está pasando antes de que el problema llegue a ti.

Entendiendo el Código de Colores y la mente alerta

En ese curso digital aprendí sobre los niveles del Código de Colores de Cooper. Resulta que hay 4 niveles de alerta mental. Yo solía vivir en 'Blanco', que es básicamente estar en la Luna, pensando en los correos pendientes mientras camino. La autodefensa me enseñó a moverme al 'Amarillo': una conciencia tranquila pero activa. No es vivir con miedo, es simplemente observar quién está en la esquina o si ese auto lleva mucho tiempo estacionado con el motor encendido. Es algo que ayuda muchísimo para mejorar la conciencia situacional al caminar a casa después de trabajar.

Hay un detalle que el instructor siempre nos repite: el lenguaje corporal. Mantener la barbilla paralela al suelo y los hombros relajados es el primer filtro. Los agresores buscan a alguien que parezca distraído o asustado. Una noche fría de junio, saliendo tarde de la oficina, me sorprendí a mí misma aplicando esto. En lugar de encogerme bajo mi abrigo, caminé con paso firme. Sentí un hormigueo eléctrico en las manos, pero no era de terror, era de presencia. Es increíble cómo cambia tu percepción del entorno cuando dejas de mirarte los pies.

Un enfoque diferente: ¿Qué pasa si no puedes correr?

Algo que me hizo reflexionar mucho fue una charla que tuvimos en el descanso de la clase. Estábamos hablando de las típicas recomendaciones de 'corre lo más rápido que puedas'. Pero, ¿y si no puedes? Una compañera mencionó que tiene un familiar en silla de ruedas y hablábamos de cómo la mayoría de los consejos de autodefensa ignoran a las personas con movilidad reducida. Para alguien que no puede salir corriendo, la evasión física no es una opción, lo que hace que la detección temprana sea su única y más poderosa herramienta.

Pies de mujer con zapatillas deportivas manteniendo una postura firme en clase de autodefensa

Esto me hizo valorar mucho más la parte psicológica de lo que estoy aprendiendo. La autodefensa real se trata de detectar patrones de comportamiento antes de que ocurra el contacto físico. Si centramos todo en 'golpear fuerte', estamos dejando fuera a mucha gente. Por eso me gusta el enfoque de la importancia del lenguaje corporal para evitar ser un blanco, porque es algo que todos, sin importar nuestra capacidad física, podemos trabajar. Ojo, no soy profesional de la salud ni experta en seguridad; si tienes condiciones físicas específicas o vives situaciones de riesgo alto, siempre es mejor que consultes con un instructor certificado o un profesional que pueda darte pautas personalizadas.

Lo que he ganado en estos seis meses

Desde finales del verano pasado hasta mediados de este invierno, mi transformación no ha sido física. No tengo más músculo, sigo siendo igual de torpe y probablemente me tropezaría si intentara una patada voladora. Pero hace unas pocas semanas, crucé el parque cerca de mi casa de noche y, por primera vez en años, no aceleré el paso de forma errática. Me sentí dueña de mis pasos. Lo que aprendí en secretos callejeros para evitar asaltos en la ciudad me dio las herramientas mentales para no entrar en pánico.

Si estás dudando en empezar porque te sientes 'muy mayor', 'muy débil' o 'muy tímida', te entiendo perfectamente. Yo todavía me pongo roja cuando me toca practicar frente al grupo. Pero esa pequeña dosis de confianza que ganas cada sábado vale cada minuto de vergüenza. Si quieres empezar a curiosear desde la seguridad de tu sofá, dale una mirada a 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros. Es un buen punto de partida para entender que tu seguridad no depende de tu fuerza bruta, sino de tu capacidad de observar y decidir a tiempo. Al final, no busco ser una luchadora; solo busco caminar hacia mi casa en Arequipa disfrutando del aire frío, sin que el miedo me quite el aliento.

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