
Piso el primer escalón del puente Grau sin fijarme bien dónde pongo el pie, todavía con el celular en la mano, terminando una frase que ni recuerdo bien apenas la mando. El aire de Arequipa ya empieza a enfriar a esta hora, esa clase de frío seco que se mete directo a los huesos si una sale sin chompa, pero ni eso me saca del piloto automático con el que cruzo casi todas las tardes al salir de la oficina: los mismos escalones, la misma baranda fría, el mismo ruido de carros abajo. Es justo el tipo de error de seguridad personal que más me cuesta admitir, porque no tiene nada de dramático, es solo un descuido de conciencia situacional, la clase de prevención urbana que una cree que ya domina hasta que se da cuenta de que no.
Hace poco me escribió Bertina, una lectora de Cochabamba que manda un mensaje corto cada vez que publico algo nuevo, preguntándome justamente por los errores más comunes de autodefensa que cometemos las mujeres al salir del trabajo y volver solas a casa. Últimamente, junto con el mensaje, manda una foto de su cuadra ya de noche, sin explicación ni comentario encima, como si solo quisiera que yo la viera antes de contarme lo que piensa. Esta vez la pregunta venía después de una de esas fotos, y me pareció justa.

Le contesto esto un rato después, sentada en la mesa de la cocina, con la pata coja de la silla calzada con un papel doblado que nunca termino de arreglar y la manzanilla ya tibia al lado del teclado. Arriba escucho a Suyai, mi vecina, trajinando ollas a esas horas con la radio bajita, típico de ella. Ninguna pregunta de Bertina tiene una respuesta perfecta, pero armé esta lista con lo que de verdad he ido chocando estos sábados, no con teoría bajada de internet.
¿Por qué salgo en piloto automático apenas cruzo el puente Grau?
El instructor tiene nombre técnico para esto, un tema que toqué de pasada en otra entrada sobre caminar sola de noche, así que no voy a repetir el cuento completo acá. Lo que sí puedo decir es que el piloto automático no es solo mental: se nota en el cuerpo, en cómo bajo la cabeza y dejo que los hombros se me caigan hacia adelante apenas empiezo a cruzar.
Lo único que de verdad me ha funcionado no es forzarme a estar alerta todo el tiempo, que es agotador y ni siquiera es realista después de ocho horas de oficina, sino tener un solo punto de chequeo: justo antes de bajar del puente, levanto la vista una vez, termino el mensaje que estaba escribiendo y recién ahí guardo el celular. Un gesto, no una vigilancia constante.
El error de esconder el celular por miedo
Durante años me dijeron que lo más seguro era guardar el celular apenas salía a la calle, para no llamar la atención ni parecer distraída. En clase me enteré de que es al revés: un celular visible, en uso con sentido, te hace ver como alguien ocupada y conectada, no como alguien perdida, que es justo el perfil que un oportunista prefiere. No se trata de ir viendo videos sin mirar por dónde piso, sino de que si alguien me ve con el teléfono en la mano, como si estuviera a punto de recibir una llamada, estoy diciendo sin palabras que alguien más sabe dónde estoy.
Ojo que esto tiene un límite, y ahí fue donde más metí la pata. Durante meses caminé del trabajo a la casa con los audífonos puestos y el volumen alto, enganchada en pódcasts de crímenes reales, sin escuchar ni los pasos de la gente que me pasaba al lado. El instructor me lo señaló más de una vez antes de que yo le hiciera caso de verdad. Ahora, si uso el celular en la calle, es sin audífonos, o con uno solo y bajito, porque prefiero escuchar el motor de una moto frenando cerca que la siguiente escena del pódcast.
Las llaves que busco recién en la puerta
Otro clásico: llegar a la puerta, al taxi o al portón del edificio y recién ahí ponerme a buscar las llaves en el fondo del bolso. Me quedo parada, con la cabeza gacha, revolviendo un caos de papeles y monederos, durante esos segundos exactos en que estoy más distraída y menos atenta a lo que pasa alrededor. El eco metálico de las llaves chocando entre sí, mientras las busco a ciegas, se me quedó grabado como el sonido exacto de estar expuesta.
Ahora trato de sacar las llaves antes de cruzar la puerta de la oficina, no después. El truco no es memorizar ninguna técnica, es simplemente adelantar el gesto: si las llaves ya están en la mano cuando llego a mi puerta, no queda esa ventana de descuido para que alguien la aproveche.

Ceder el paso sin darme cuenta
Bertina puso el dedo en algo que yo no había nombrado hasta ahora: los errores que repito a la salida del trabajo casi siempre son concesiones pequeñas, ceder el paso, no decir nada, dejar que alguien se acerque de más sin que yo mueva un pie para poner distancia. Ese tema de límites físicos lo desarrollo mejor en otra entrada, pero acá basta con decir que es el error más silencioso de todos, porque ni siquiera se siente como un error mientras está pasando.
En un ejercicio de pareja, hace poco, una compañera me empujó del hombro sin avisar y, en vez del "perdón" automático que me sale ante cualquier roce, solo me acomodé los pies y me quedé plantada exactamente donde estaba. No fue gran cosa para nadie más en la sala, pero para mí fue la primera vez que no pedí disculpas por ocupar un espacio que ya era mío.
Cuando la voz y el cuerpo se quedan callados
Ese bloqueo también se me nota en la voz. Cuando el instructor me pide gritar un "¡No!" que se escuche en toda la sala, se me cierra la garganta y sale apenas un susurro. Ya escribí en otro lado sobre usar la voz como herramienta de defensa y sobre ese bloqueo mental que te deja congelada, así que no voy a repetirlo todo acá, solo digo que es real, y que a mí todavía me cuesta.
Lo mismo pasa con la postura. Me he visto encorvada frente a las vitrinas de camino a casa, como tratando de ocupar menos espacio del que ya ocupo, y sé que la importancia del lenguaje corporal para evitar ser un blanco es un tema que otra entrada mía cubre mejor que yo aquí. Lo único que puedo aportar desde mi propia torpeza es esto: el día que camino con los hombros atrás y la vista al frente, sin pensarlo como técnica sino como hábito, la gente en la calle simplemente me mira distinto.
¿Sirve de algo una app de seguridad si no la abro nunca?
La otra pregunta de Bertina fue justamente esta, porque ella también se bajó una aplicación de seguridad personal después de leer mis primeras entradas. Me instalé una hace un tiempo, una que prometía avisar a un contacto de emergencia con solo tocar un botón, y a la semana siguiente ya ni me acordaba de que estaba ahí, guardada entre otras aplicaciones que tampoco abro nunca. El error no fue elegir mal la aplicación, fue pensar que instalarla ya bastaba, sin construir el hábito de realmente usarla.
Sigo siendo bastante torpe con todo esto, lo cuento con más detalle en la entrada sobre mi primera clase, si les da curiosidad ver de dónde partí, y no pretendo tener la fórmula. Lo que sí tengo claro, después de tantos sábados, es que ninguna app ni ningún grito reemplazan la decisión más simple de todas: alejarme antes de que la situación llegue a algo, algo que artículo sobre mi experiencia con los secretos para vencer a agresores callejeros cuenta con más calma que yo hoy. No es una fórmula mágica ni me convierte en experta; seguramente la próxima vez que cruce el puente Grau se me olvide alguna de estas mismas cosas que acabo de escribir, y ya será tema para otra carta de Bertina.