
El sol se oculta tras el Misti y, casi de inmediato, el aire de Arequipa empieza a enfriar de esa manera que te cala los huesos si no sales bien abrigada. El lunes pasado me pasó lo de siempre: salí de la oficina con el celular en la mano, respondiendo un último mensaje sobre un reporte que no podía esperar, y cuando levanté la vista, ya había caminado dos cuadras en completo 'piloto automático'. Es esa sensación extraña de estar pero no estar, ¿sabes? Como si mis pies conocieran el camino hacia el paradero tan bien que mi cerebro se permite el lujo de irse a otra parte.
Llevo unos ocho meses asistiendo a mis clases de los sábados —sí, esa aventura que empecé a finales del año pasado casi por impulso— y todavía me sorprendo cometiendo los mismos pecados que el instructor, con esa paciencia infinita que tiene, nos repite cada semana. No busco un cinturón de ningún color, ni mucho menos dar clases. Solo me cansé de sentirme como un blanco fácil, de esa inquietud que me apretaba el pecho cada vez que la sombra de un poste me hacía saltar. Pero, ay, qué difícil es romper los hábitos de toda una vida.
El estado de 'piloto automático' y el Código de Cooper
Hace unos seis meses, en una de mis primeras clases, aprendí algo que me dejó pensando toda la noche. Resulta que existe algo llamado el Código de Colores de Cooper, que básicamente mide qué tan preparada estás mentalmente para lo que pasa a tu alrededor. Tiene 4 niveles, y la mayoría de nosotras salimos del trabajo en lo que llaman 'Alerta Blanca'. Es ese estado de relajación total donde estás pensando en qué vas a cocinar o en el correo que no enviaste, y no tienes ni idea de quién está caminando detrás de ti.
El problema de la alerta blanca es que, si algo pasa, tu cerebro tarda siglos en reaccionar. Es como si estuviera dormido. El instructor dice que deberíamos intentar estar en 'Amarillo': relajadas pero conscientes. No se trata de estar paranoica, sino de entender que nuestro campo visual horizontal humano es de aproximadamente 180 grados. Si vas mirando tus zapatos o la pantalla del celular, reduces ese campo a un túnel minúsculo. Te pierdes todo lo que pasa a tus costados, que es precisamente de donde vienen las sorpresas.

A veces me distraigo mirando a un compañero de clase que es, si cabe, un poquito más torpe que yo. El pobre el otro día se enredó con sus propios pies tratando de hacer un giro simple, y verlo me recordó que todas estamos en esto aprendiendo. Él me hace sentir que mi falta de coordinación no es el fin del mundo. Pero volviendo al tema, ese lunes al anochecer me di cuenta de que mi mayor obstáculo no es la calle en sí, sino mi propia distracción mental. Estaba en blanco total, regalando mi atención al teléfono mientras cruzaba una calle oscura.
El error del teléfono: ¿Escondido o activo?
Aquí es donde la cosa se pone interesante y un poco al revés de lo que siempre nos han dicho. Siempre escuché que lo mejor es guardar el teléfono apenas sales a la calle para no 'llamar la atención'. Pero en una de esas charlas que tenemos después de la tercera clase de sábado, mientras nos vendamos las manos o simplemente recuperamos el aliento, surgió una idea que me cambió el chip. Evitar el uso constante del teléfono al salir es un error común si lo haces por miedo, porque mantenerlo activo y en uso —con sentido, claro— puede hacerte parecer una persona ocupada, conectada y, por lo tanto, menos vulnerable ante posibles observadores.
No me refiero a ir viendo videos de gatitos sin mirar por dónde pisas. Me refiero a que si alguien te ve con el teléfono en la mano, como si estuvieras a punto de recibir una llamada o compartiendo tu ubicación en tiempo real, proyectas una imagen de alguien que está siendo esperado. Un blanco fácil suele ser alguien que parece 'perdido' o desconectado. Si usas el teléfono como una herramienta de seguridad, enviando un audio rápido de 'ya salí, llego en diez minutos', estás marcando un territorio mental. Estás diciendo: 'Alguien sabe dónde estoy ahora mismo'.
Claro que esto requiere equilibrio. Si vas con los audífonos puestos a todo volumen, cancelando el ruido del mundo, estás cometiendo otro error clásico. Yo antes amaba ir escuchando mis podcasts de crímenes reales (qué ironía, ¿no?) mientras caminaba a casa, hasta que me di cuenta de que no escuchaba ni los pasos de la gente que me pasaba por el lado. Ahora, si uso el teléfono, es sin audífonos o con uno solo a volumen muy bajo. Quiero escuchar el motor de la moto que frena cerca o el sonido de una puerta abriéndose.
La batalla contra el bolso y las llaves
Otro error que me corrigieron hace un par de semanas es el famoso 'momento bolso'. ¿Te ha pasado que llegas a la puerta de tu casa o al taxi y recién ahí empiezas a buscar las llaves? A mí me pasaba todas las tardes. Me quedaba ahí parada, vulnerable, con la cabeza gacha, hurgando en ese agujero negro que es mi bolso de oficina. Es el momento perfecto para que alguien te sorprenda porque estás totalmente indefensa y distraída.
Ahora trato de tener las llaves en la mano antes de dejar el edificio del trabajo. Siento el eco metálico de mis llaves chocando entre sí mientras mis dedos fríos las buscan desesperadamente en el fondo oscuro de mi bolso si es que me olvido de sacarlas a tiempo. Es un sonido que ahora me pone en alerta. El instructor nos dice que ese pequeño gesto de tener la llave lista te ahorra esos diez segundos críticos de exposición en la acera. Además, caminar con algo firme en la mano te da una sensación de control que, aunque parezca tonta, se nota en cómo caminas.

Hablando de caminar, la importancia del lenguaje corporal para evitar ser un blanco es algo que todavía estoy practicando. A veces me veo en el reflejo de las vitrinas de la calle Mercaderes y me noto encorvada, como queriendo hacerme chiquita. En clase nos enseñan a ocupar nuestro espacio. No se trata de buscar pelea —¡por Dios, no!— sino de caminar con los hombros firmes y la mirada a la altura de los ojos de los demás. Es increíble cómo cambia la percepción de la gente cuando simplemente dejas de mirar al suelo.
El bloqueo de la voz: Gritar 'No'
A pesar de todo lo que voy aprendiendo, todavía tengo mis bloqueos. El más grande es mi voz. Cada vez que el instructor se pone frente a mí y me dice que le grite '¡NO!' con toda la fuerza de mis pulmones para que se escuche en toda la habitación, me quedo congelada. Siento esa presión en la garganta, como un nudo seco, y lo que sale es un susurro valiente pero inútil. Es como si me diera vergüenza llamar la atención, incluso en un simulacro.
Él me explica que en una situación real, el estrés te produce algo llamado 'efecto túnel'. Tu visión se cierra y tus cuerdas vocales se aprietan. Por eso practicamos. No para ser cantantes de ópera, sino para romper esa barrera social que nos dice que las mujeres debemos ser calladitas y no causar escenas. El otro día, después de mucho intentarlo, me salió un 'no' un poco más ronco y firme. No fue un grito de película, pero fue mío. Y se sintió como si mi postura finalmente significara algo.
Si alguna vez sientes que te vendría bien un poco más de estructura para estos temas, hace poco leí un artículo sobre mi experiencia con los secretos para vencer a agresores callejeros que resume muy bien esa transición de sentir miedo a sentir que tienes herramientas, aunque seas una principiante total como yo. Por cierto, yo no soy experta en seguridad ni mucho menos profesional de la defensa personal, así que si sientes que estás en una situación de riesgo real o constante, lo mejor es que consultes con profesionales o busques asesoría especializada.
Al final del día, lo que me llevo de estos meses no son técnicas de combate —que sigo haciendo fatal, para ser honesta— sino la conciencia. Ahora, cuando salgo de la oficina y el aire frío de Arequipa me golpea la cara, ya no me hundo en mi bufanda para desaparecer. Me acomodo el bolso, aseguro mis llaves, y camino sabiendo que estoy presente. Sigo siendo la misma Paola que se tropieza con los cables de la oficina, pero ahora camino con los hombros un poco más altos y la mirada puesta en esos 180 grados de mundo que me pertenecen.