
Una noche nublada de abril, caminando por una calle solitaria aquí en Arequipa, sentí ese peso familiar de mis llaves en el bolsillo y, de repente, me quedé helada. No porque hubiera alguien siguiéndome (esta vez), sino porque me di cuenta de que no tenía ni la más remota idea de cómo usarlas si alguien de verdad me cerraba el paso. Las apretaba tan fuerte que el frío del metal me dejaba marcas rojas en la palma, pero en mi cabeza solo había ruido. Esa sensación de ser un blanco fácil es lo que finalmente me empujó a meterme en esto de la autodefensa, aunque todavía me sienta la alumna más torpe de la clase.
Antes de seguir, un pequeño aviso entre nosotras: por aquí vas a encontrar algunos enlaces de afiliado. Si algún curso te convence y decides comprarlo a través de ellos, a mí me llega una pequeña comisión y a ti el precio no te sube ni un sol. Solo te hablo de cosas que he probado en mis caóticos sábados de entrenamiento o en mis noches de insomnio frente a la laptop. Si algo no me convence, te lo diré con la misma claridad con la que mi instructor me dice que baje los hombros.
Mis sábados de "¡NO!" (o de intentarlo)
Llevo unos meses yendo a estas clases los sábados. Es un grupo pequeño y, para ser honesta, soy la que siempre llega con el pelo hecho un desastre después de la oficina. Mi mayor problema no es la fuerza física, sino mi voz. El instructor, Marco (que tiene una paciencia que ya quisiera yo para mis clientes), se para frente a mí y me pide que grite "¡NO!" con todas mis fuerzas. Y ahí es donde ocurre: el nudo seco en la garganta y el silencio absoluto. Me quedo ahí, parada como un poste, mientras mis compañeros ya están rugiendo. Es frustrante, pero es parte del proceso de autodefensa que estoy aprendiendo a golpes de timidez.
A veces miro a Javi, un compañero que es todavía más despistado que yo. El otro día, practicando cómo usar una mochila como escudo, terminó enredándose con las correas y casi se cae solo. Verlo a él me quita un poco de presión; al menos no soy la única que siente que sus extremidades no siempre obedecen. Si estás pensando en empezar, te recomiendo leer sobre cómo empezar a entrenar autodefensa si nunca has hecho artes marciales, porque de verdad que no necesitas ser una experta para dar el primer paso.

El curso que encontré entre clase y clase
Como soy un poco obsesiva, entre los sábados de práctica real me puse a buscar algo que pudiera revisar en casa, sin que nadie me viera fallar. Así fue como llegué a un curso digital llamado 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros. Lo que me llamó la atención fue que tiene una calificación de 4.5, lo cual me dio confianza, y que está dividido en 21 módulos muy directos. No te enseñan a ser Bruce Lee, sino a sobrevivir en la calle, que es justo lo que yo necesitaba después de mis caminatas nocturnas por Yanahuara.
Lo empecé hace un par de semanas y me ha servido para llenar los huecos de mis clases presenciales. Aclaro, por si las dudas, que no soy ninguna experta en seguridad ni tengo cinturones de nada; soy solo una administrativa que se cansó de tener miedo. Si tienes dudas serias sobre tu seguridad física o legal, siempre es mejor que consultes con un profesional o un instructor certificado en tu zona. Yo solo comparto lo que me está funcionando a mí para no entrar en pánico.
¿Llaves o proyectiles? La realidad de los objetos cotidianos
Uno de los módulos que más me voló la cabeza fue el de los objetos comunes. Siempre nos dicen: "pon las llaves entre tus dedos como si fueran garras". Bueno, resulta que en la vida real eso es una idea terrible. Si golpeas algo así, lo más probable es que te rompas tus propios dedos antes de hacerle algo al otro. En el curso y en la clase aprendí lo que llaman el "agarre de martillo", que es básicamente sostener el objeto con el puño cerrado, dejando que la punta sobresalga por debajo. Es mucho más estable y no te lastimas tú.
Aprendí que un simple bolígrafo (ese que siempre tengo en el bolso para firmar facturas) o incluso el borde rígido de mi bolso pueden ser herramientas defensivas. Pero aquí viene el giro que no me esperaba: el instructor nos hizo un ejercicio donde teníamos que sacar "nuestro objeto de defensa" mientras él caminaba hacia nosotros. ¿Saben qué pasó? Me puse a rebuscar en mi bolso, me desesperé porque no encontraba el bendito lapicero, y para cuando lo saqué, él ya estaba a mi lado dándome un toquecito en el hombro. "Ya perdiste", me dijo con esa sonrisa tranquila que tiene.

La trampa de los objetos y la vulnerabilidad legal
Ese fue mi momento de revelación. A veces, obsesionarnos con tener un objeto para defendernos nos hace más vulnerables. ¿Por qué? Porque perdemos segundos preciosos mirando hacia abajo o hurgando en los bolsillos en lugar de hacer lo único que de verdad importa: detectar el peligro y correr. Si mis manos están ocupadas tratando de agarrar un llavero táctico, no están libres para empujar o para protegerme la cara.
Además, está el tema de la legítima defensa y la proporcionalidad. En mis clases me explicaron que no puedes usar cualquier cosa de cualquier manera. La ley espera que tu respuesta sea razonable a la agresión. Si sacas algo que parece un arma y la otra persona no tenía nada, te puedes meter en un lío legal increíble. Por eso, entender el enfoque práctico del curso me ayudó a entender que la mejor herramienta no es el objeto, sino mi propia conciencia de lo que me rodea. De hecho, mejorar en esto tiene mucho que ver con la importancia del lenguaje corporal para evitar ser un blanco, algo que he tratado de aplicar cada vez que salgo de la oficina.
Una tarde fría de junio y una calma distinta
Hace poco, una tarde fría de junio, salí tarde del trabajo. El sol ya se había ido y las calles estaban ese tipo de vacías que antes me hacían caminar casi sin respirar. Esta vez, en lugar de apretar las llaves hasta que me doliera la mano, simplemente las tenía a mano, pero mis ojos estaban en la calle. No iba mirando el celular, no iba distraída. Sabía que si algo pasaba, mi primera opción era correr hacia la tienda de la esquina que siempre está abierta.
Todavía me quedo en blanco cuando Marco me pide gritar frente a todos, y sigo siendo la que se tropieza con sus propios pies en los ejercicios de coordinación. Pero hay algo diferente. Ya no me siento como una víctima esperando que pase algo, sino como alguien que tiene un plan, aunque ese plan sea simplemente saber que un lapicero no es una varita mágica y que mis piernas son mi mejor defensa.

Si te sientes como yo me sentía en abril, te diría que no esperes a tener el "equipo perfecto". Empieza con lo que tienes. A veces, ver unos cuantos videos que te abran los ojos sobre cómo moverte puede cambiarte la actitud por completo. Yo sigo repasando los 21 módulos del curso de Secretos para Vencer a Agresores Callejeros porque, sinceramente, prefiero que mi mayor error sea ser torpe en una clase de los sábados que no saber qué hacer en una calle de Arequipa. Al final, la seguridad no se compra en una tienda de deportes, se construye poco a poco, incluso si es con un nudo en la garganta y un par de marcas rojas en la mano.