Defensa desde Cero

Rutina de autodefensa para mujeres que tienen poco tiempo para entrenar

Mujer caminando con paso firme por una calle de Arequipa, parte de una rutina diaria de autodefensa femenina para mujeres con poco tiempo.

No tengo una respuesta única sobre si rinde más repartir la autodefensa femenina en migajas mientras se hace cola o guardarse un solo bloque corto y no tocarlo, pero sí tengo dos rutinas diarias que uso según toque, y una certeza que se fue armando sola: la seguridad personal no depende de cuánto tiempo libre exista, sino de dónde se decide ponerlo. Para mí ese lugar terminó siendo la fila del Mercado de San Camilo, camino a casa, más que cualquier gimnasio. Ahí es donde se nota si el bienestar emocional que buscaba de verdad se quedó pegado al cuerpo, o si solo vivía en mi cabeza durante la clase de los sábados.

Dos rutinas diarias de autodefensa para cuando el día no da más

La primera rutina no se parece a un entrenamiento: consiste en usar los minutos muertos tal como vienen, sin pedirles nada especial. La segunda es la contraria, un solo bloque corto y siempre a la misma hora, sin repartirlo en pedazos. Ninguna de las dos exige tiempo extra ni ropa deportiva, y las dos terminaron conviviendo en mis días casi por accidente, cuando noté que unas veces rendía más la primera y otras veces necesitaba la segunda para no dejar pasar nada.

A quien recién empieza le sirve más la segunda, la del bloque fijo, porque no exige soltura ni memoria para ir sumando gestos sueltos a lo largo del día, algo que confirmé viendo entrar a gente que jamás había tocado el tema y que solo necesitaba ese ancla corta para no perderse.

La fila del Mercado de San Camilo como sala de práctica

Antes de salir de la oficina reviso el celular, y casi siempre hay un audio de Lizbeth Apaza, mi compañera de trabajo, preguntando si ya me voy, ella nunca escribe, solo manda audios, así que a veces empiezo a caminar con el suyo todavía sonando de fondo. Ya en la fila del Mercado de San Camilo, dejo de mirar la pantalla y levanto la vista, no para desconfiar de nadie en particular sino para ver quién entra y quién sale del pasillo, cuánto espacio hay entre los puestos, dónde queda la salida más cerca si algo se pone raro. Prestar atención al entorno sin convertirlo en paranoia es la misma idea que se trabaja al hablar de mantener la calma en el cuerpo cuando se camina sola de noche, solo que aquí lo practico de día y rodeada de gente.

Primer plano de manos sosteniendo llaves con firmeza, un gesto de seguridad personal durante el trayecto diario a casa.

En esa misma fila pruebo la postura: hombros bajos, peso repartido entre los dos pies, nada de encogerme entre la gente. Un cuerpo que ocupa su espacio manda un mensaje distinto, y esa forma de pararse, la misma que reviso en la oficina sin que nadie note que la estoy practicando, se entrena tanto ahí como en el salón de los sábados.

Si alguien se pega demasiado mientras se espera el turno, doy un paso y recupero el espacio sin pedir disculpas, algo que al principio me parecía de mala educación y que ahora entiendo como poner un límite físico sin necesidad de dar explicaciones en un lugar lleno de gente. Con el tiempo confirmé que aprender autodefensa personal mejora la confianza al caminar sola mucho más de lo que esperaba cuando recién me inscribí, aunque el miedo no haya desaparecido del todo. A quien quiera reforzar esto fuera del grupo de los sábados, a mí me sirvió como complemento aprender distancia de seguridad personal con un curso online efectivo, nunca como reemplazo de la clase.

Por qué llamar a alguien mientras camino de noche no me hizo sentir más segura

Antes de armar cualquiera de las dos rutinas, pasé un tiempo llamando a alguien por teléfono cada vez que caminaba de noche, solo para no sentirme sola en la calle. Funcionaba para la cabeza, un rato, pero no para el cuerpo: con el teléfono pegado a la oreja tenía una mano ocupada, la atención puesta en la conversación y no en la vereda, y esa sensación de compañía se acababa apenas colgaba, mucho antes de llegar a la puerta. Fue justo ese fracaso el que me hizo entender que necesitaba algo que se quedara en el cuerpo y no dependiera de que alguien más contestara el teléfono a esa hora.

De ahí en adelante le presté atención a otra cosa: ese instante en que el cuerpo se congela y no reacciona ni para gritar ni para moverse, el bloqueo que se trabaja aparte y que ninguna llamada resuelve. También aprendí que, si alguien se pone raro, alejarse siempre pesa más que quedarse a discutir o a demostrar algo, aunque no se sepa pelear. Y si la sensación es que alguien viene detrás durante un buen tramo, hay pasos concretos para confirmarlo o descartarlo antes de llegar a la puerta, distintos a simplemente apurar el paso -- con el tiempo terminé por estar alerta al caminar por la calle sin sentir tanta paranoia, que es distinto a ir tensa todo el trayecto.

Mano ajustando la correa de una mochila con alarma de seguridad personal, parte de la rutina diaria de autodefensa femenina.

La voz que por fin me salió entera en el salón de clase

Hay una clase que sigo repasando en la cabeza: el instructor pidió gritar "no" lo bastante fuerte para que se oyera en el pasillo, y la primera vez que salió entera, sin quebrarse a la mitad, algo se acomodó en el pecho que todavía no tenía nombre. No fue un grito perfecto ni especialmente fuerte -- fue simplemente completo, mío de principio a fin, y esa diferencia se nota más de lo que parece.

A mi lado, en el grupo de principiantes, estaba Damaris Lipa, cargando una botella de agua del tamaño de un termo industrial que sacaba entre ejercicio y ejercicio. Verla ahí, tan de a pie como cualquiera, quitaba parte de la vergüenza de no acertar a la primera. La voz como primera herramienta de defensa da para su propio relato aparte, distinto al mío, pero puedo decir que a mí me costó más que cualquier ejercicio físico de la clase.

En la mesa de la cocina, las dos rutas se pesan distinto

Peso las dos rutinas casi siempre en el mismo sitio: el plástico de la mesa de la cocina ya perdió el brillo justo en las puntas, de tanto apoyar el codo, y por la única ventana no se ve otra cosa que la pared blanca de piedra volcánica del vecino, así que la luz entra pareja y sin nada que distraiga. La silla en la que me siento tiene una pata más corta que las demás, y la remedio doblando un papel hasta que deja de moverse. La manzanilla que me sirvo para pensar mejor se enfría siempre a la mitad porque me distraigo escribiendo, y es justo en ese rato donde se nota la diferencia entre repartir la práctica en migajas y guardarse un bloque fijo.

Si el día viene lleno de esperas cortas -- la fila del Mercado de San Camilo, la sala de espera de un trámite, cualquier cola que ya vas a hacer de todas formas -- conviene repartir: son minutos que de todas formas se van a perder, y usarlos para revisar postura, distancia y mirada no le quita nada a la agenda. Si en cambio el día es parejo, sin huecos naturales pero con una hora fija disponible, conviene concentrar todo en ese bloque corto, que se vuelve una cita que no depende de que aparezca una cola o un semáforo largo. Ninguna de las dos rutinas se apoya en tener más fuerza que nadie; aprovechar la palanca del propio cuerpo en vez de la fuerza bruta es, de hecho, lo primero que cambia la forma de pararme frente al espejo. Y en esa misma mesa siempre hay algo a mano -- una llave, un cuaderno, lo que sea -- que serviría más de lo que parece si hiciera falta; ese tema, el de usar lo común en vez de depender de un arma, da para su propio artículo aparte.

Ninguna de las dos rutinas convierte esto en una técnica de combate ni reemplaza la práctica con un instructor presente; son, nada más, dos maneras distintas de que la autodefensa quepa en un día que no da más tiempo del que ya se tiene.

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