Defensa desde Cero

Seguridad en el transporte público para mujeres que viajan solas

Seguridad en el transporte público para mujeres que viajan solas

Ayer salí de la oficina un poco más tarde de lo habitual y, como siempre pasa en Arequipa cuando baja el sol, el frío empezó a colarse por las costuras del saco. Antes, ese momento de esperar la 'combi' o el bus del SIT era puro nudo en el estómago. Me quedaba ahí, pegada a la pared, tratando de ser invisible, como si el hecho de no mirar a nadie me hiciera inmune a lo que pasaba alrededor. Pero después de estos meses yendo a las clases de los sábados —donde, por cierto, mi compañero de práctica sigue siendo más descoordinado que yo, lo que me hace sentir un poco mejor—, las cosas han empezado a cambiar de color.

El nudo en la garganta y los buses de las siete

Les cuento que todavía me pasa: el instructor se para frente a nosotros, nos pide que respiremos profundo y que soltemos un 'no' que retumbe en todo el salón. Y ahí estoy yo, Paola, la que redacta informes todo el día, sintiendo ese nudo en la garganta que me bloquea. Es increíble cómo nos han enseñado a ser calladitas, ¿no? En las clases de autodefensa para principiantes, ese primer grito es más difícil que cualquier movimiento físico. Pero el profe tiene una paciencia infinita; se queda ahí, esperando, hasta que por fin sale algo que suena más a voz que a susurro.

Esa sensación de bloqueo es la misma que sentía en el paradero. Arequipa es una ciudad de casi 1,000,000 de personas, y aunque amamos nuestro volcán, todas sabemos que el transporte puede ser un ecosistema complicado. Desde finales de noviembre, cuando decidí que ya no quería caminar con las llaves entre los dedos como si fueran garras, empecé a ver que la seguridad no es saber pelear como en las películas (que ni me sale, de hecho una vez me tropecé con mis propios pies tratando de hacer un giro básico), sino entender el espacio.

Primer plano de manos femeninas sosteniendo una mochila y monedas en el transporte público

Cuando el pasamanos frío se volvió mi aliado

Hay un momento muy específico cada noche: subo al bus, busco donde sentarme y me agarro del pasamanos. Siento el olor a metal frío y la vibración del motor bajo mis pies, algo que antes me ponía de los nervios y ahora me sirve de anclaje. En lugar de hundirme en el celular para no ver a nadie —un error que cometí por años—, ahora me dedico a observar quién sube en cada parada. No con miedo, sino con curiosidad activa.

He aprendido que el Sistema Integrado de Transportes (SIT) Arequipa tiene sus mañas, pero conocer las rutas y saber exactamente dónde vas a bajar te quita esa cara de 'estoy perdida' que a veces nos hace sentir vulnerables. El instructor siempre dice que la prevención es el 90% del trabajo. Por eso, ahora antes de subir, ya tengo mi pasaje a la mano y la mochila adelante, abrazada. No es paranoia, es comodidad. Es saber que si necesito moverme rápido, no voy a estar peleando con las correas de mi bolso.

A veces me acuerdo de los consejos prácticos para controlar los nervios al caminar sola de noche que leí hace un tiempo y trato de aplicarlos mientras espero en la esquina de la oficina. La clave ha sido dejar de intentar pasar desapercibida. Curiosamente, cuando tratas de que nadie te vea, terminas descuidando tu espalda.

Mirar de frente: mi gran descubrimiento

Aquí viene lo que más me costó entender y lo que cambió mi forma de viajar. Siempre me dijeron que si alguien te molestaba o te miraba raro, lo mejor era bajar la cabeza y mirar el piso. ¡Gran error! En las clases descubrí que evitar el contacto visual para 'no provocar' es contraproducente. Mantener una mirada firme y consciente es la herramienta más eficaz para disuadir a un acosador potencial. No es una mirada de pelea, es una mirada de 'te veo, sé que estás ahí y no soy una víctima pasiva'.

Hace unas semanas, en una noche de neblina de esas que te calan los huesos, un tipo se sentó demasiado cerca de mí en un bus casi vacío. Mi instinto antiguo hubiera sido pegarme a la ventana y rezar para llegar rápido. Pero recordé la voz del instructor (y la cara de mi compañero el clunsi, que siempre me hace reír internamente). Respiré, lo miré directamente a los ojos por un par de segundos —sin agresividad, pero con firmeza— y luego me levanté para cambiarme de asiento con total calma.

Ese cambio de lugar es vital. No le debo cortesía a nadie que invada mi espacio personal. Es curioso, pero aprender autodefensa personal mejora la confianza al caminar sola de una manera que no se explica con fuerza física, sino con esa claridad mental de saber que tienes derecho a estar segura.

Cuaderno con notas personales sobre autodefensa y seguridad en el transporte sobre una colchoneta

El día que puse en práctica la 'distancia segura'

En el curso de fin de semana, practicamos mucho lo que llaman 'distancia segura'. Yo pensaba que era algo técnico, pero en realidad es solo sentido común entrenado. En el bus, significa no dejar que alguien te acorrale contra una puerta o un rincón si hay espacio disponible. Significa usar tu mochila o incluso tu postura para marcar un límite. No soy ninguna experta, de hecho, todavía me confundo con los nombres de las técnicas, pero el cuerpo tiene memoria.

Una tarde de regreso a casa, el bus se llenó muchísimo. Sentí que alguien intentaba 'apoyarse' más de la cuenta. En lugar de congelarme, que era mi respuesta estándar de toda la vida, apliqué lo que practicamos: puse mi brazo firmeza en las piernas, cree un pequeño espacio con el antebrazo y giré levemente para que mi ángulo de visión fuera mayor. No hubo pelea, no hubo gritos, solo una gestión del espacio que hizo que la otra persona se alejara.

Es importante saber que, aunque no buscamos el conflicto, en Perú existe el marco legal de la legítima defensa. El Artículo 20 del Código Penal del Perú menciona que uno puede defenderse siempre que haya una agresión ilegítima y proporcionalidad. Obviamente, yo no soy abogada ni policía (siempre es bueno consultar con un profesional si tienes dudas legales específicas), pero saber que la ley reconoce nuestro derecho a protegernos me da una capa extra de tranquilidad cuando salgo de clases los sábados.

Más allá de la técnica: ser dueña de mi espacio

A veces me pongo a pensar en todo lo que he avanzado desde finales del año pasado. Sigo siendo la misma Paola que se enreda con las palabras cuando tiene que hablar en público, pero en el bus ya no me siento como una presa. El transporte público ya no es ese territorio hostil donde solo espero que no pase nada malo. Ahora es un trayecto que domino, paso a paso.

No busco un cinturón negro ni dar clases a nadie. Solo quería dejar de sentirme un blanco fácil. Y aunque sigo yendo 'en blanco' a veces cuando el profe me pide que grite, me doy cuenta de que mi postura ha cambiado. Ya no camino encorvada. Mis pies se asientan mejor en el suelo. Es esa conciencia situacional de la que tanto hablan los que saben, pero explicada para gente como yo, que solo quiere llegar a casa a tomarse un té después de la oficina.

Mano sosteniendo unas llaves con una alarma personal de seguridad en una calle nocturna

Si alguna vez sientes que alguien te está incomodando demasiado, confía en tu instinto. No esperes a que pase algo para moverte. Si sientes que la situación escala, siempre puedes bajarte en un lugar iluminado o pedir ayuda al conductor. Al final del día, se trata de volver a casa tranquilas. Si te interesa profundizar en esto, hace poco escribí sobre qué hacer si alguien te sigue según lo aprendido con secretos callejeros, que complementa muy bien lo que les cuento hoy.

Me despido por ahora, que mañana tengo clase y me toca practicar cómo zafarme de un agarre de muñeca... espero no terminar en el suelo otra vez por culpa de mi torpeza. Pero bueno, aunque me caiga, ya sé cómo levantarme con la mirada puesta en el frente. ¡Nos vemos en el próximo bus!

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